Deuda impaga

Deuda impagaArturo Arriagada Estudiante Sociología Universidad Diego Portales 20 de Octubre 2005

Si los debates televisivos son sólo una herramienta comunicacional para apelar a la empatía de los votantes, más que mostrar detallados programas de gobierno y cambiar intenciones en aquellos que tienen su voto definido, el evento de Canal 13 y CNN obligó a la precisión e insistencia en los temas de campaña de cada candidato, reafirmando más debilidades que fortalezas en su forma de comunicarlos.

La escasez de tiempo, la diversidad de temáticas por tratar y la presión por los resultados nuevamente le han jugado en contra a Michelle Bachelet para dejar en claro que su liderazgo en las encuestas no sólo se debe a su empatía al exponer sus ideas, como también para reafirmar la variedad de recursos que por su historia política y personal le permiten derrotar a sus rivales en temas valóricos, políticos, sociales y económicos.

Si bien la frialdad del formato impide hacer un trabajo emotivo de larga duración, Bachelet no pudo despejar dudas en caso de tomar decisiones y definir sus patrones de conducta a la hora de ganar la elección presidencial. Si Bachelet representa el consenso de la Concertación ante los cambios económicos, sociales y políticos que ha vivido el Chile post Pinochet, Tomás Hirsch deja de manifiesto que gracias a su capacidad comunicacional puede quitarle un buen número de votos a la doctora, a través de un discurso basado únicamente en la idea del cambio del modelo económico actual. La candidata del “estoy contigo” nuevamente no supera la prueba del formato televisivo agobiada por el nerviosismo y la presión de las ideas claras. Aunque gobernar es distinto a estar en un debate televisivo, el manejo de Hirsch puede costarle la segunda vuelta a la candidata que lidera las encuestas.

Si los candidatos pretenden abarcar una gran variedad de temas de importancia para el país, lo más probable es que terminen dando a conocer sus debilidades y no las fortalezas que les han dado un lugar como representantes de distintas visiones de mundo en las elecciones presidenciales. Joaquín Lavín no ha comprendido en sus seis años de campaña que los temas valóricos no son su fuerte, especialmente a la hora de criticar el gran capital de la Concertación: la diversidad en su composición política y la capacidad por comprender las transformaciones valóricas de los chilenos.

La gran pérdida de interés en la candidatura de Lavín se debe a que no ha podido mantener un discurso estable a lo largo del tiempo, tratando de abarcar temas donde no representa el interés de la mayoría de los votantes, especialmente al mezclar creencias religiosas personales con el ejercicio del poder. Lavín nunca señaló que pertenece al Opus Dei, pero sí afirmó que en su gobierno no se aprobará el aborto y que no quiere a las escolares con condones en sus mochilas. Políticas públicas mezcladas con valores y visiones de mundo no son una buena mezcla a la hora de gobernar.

Más que hacerse cargo de ser la novedad del debate, Sebastián Piñera solo reafirmó su condición de empresario-político sin transmitir lo que mejor sabe: los conceptos que hacen de un producto un bien indispensable. Si para muchos vender una tarjeta de crédito es lo mismo que vender a un candidato, Piñera no está ocupando las mismas técnicas, concentrándose sólo en subir en las encuestas para poder hacerse cargo del liderazgo pendiente de la Alianza por Chile.

La deuda sigue impaga por parte de aquellos que quieren ocupar La Moneda el 2006, principalmente por la incapacidad de adoptar un discurso que influya en la intención de voto de los ciudadanos, permitiendo que los indecisos y nuevos inscritos puedan elegir en igualdad de condiciones con aquellos que han seguido la carrera política de los candidatos a lo largo de los 15 años del retorno a la democracia en Chile y saben de mejor forma cuál es su visión de mundo.