Desigualdad y deseo

Dos columnas publicadas ayer en Reportajes de El Mercurio por académicos de la Universidad Diego Portales. La primera es de Carlos Peña donde cuestiona la "desigualdad" como tema de campaña, mientras que Cristóbal Marín analiza desde la campaña de Joaquín Lavín, el actuar de los otros candidatos.Más que el debate en sí, los temas que construyen los medios de comunicación con el correr de los días le dan una importancia que, al parecer, la transmisión televisiva no logró acaparar en las audiencias.

Domingo 23 de octubre de 2005 El debate de la desigualdad El Mercurio/ Reportajes Carlos Peña G. Vicerrector Acádemico Universidad Diego Portales.

Lo más llamativo del debate fue la desigualdad. No, no me refiero al diferente desempeño que mostraron Lavín, Hirsch, Bachelet y Piñera. Me refiero a otra desigualdad.

A la desigualdad que hay entre nosotros a la hora de aprovechar las oportunidades y de alcanzar los recursos.

Los candidatos dijeron que era nuestro problema más agudo. Y en este tema mostraron una rara unanimidad.

No son los únicos, claro.

Un ex dirigente gremial -a quien la zarza de la solidaridad se le inflamó a la orilla del camino, mientras venía de vuelta- habló del tema. También la Iglesia Católica. La izquierda, desde luego. El Padre Hurtado, para qué decir.

Y ahora los candidatos. Todos. Cada uno se encendió de indignación al hablar de la desigualdad.

¿Por qué nos molesta tanto?

Hay, desde luego, razones puramente egoístas. La desigualdad -sobre todo si tiene los niveles que alcanza en Chile, uno de los diez países más desiguales del mundo- amenaza la estabilidad de las instituciones, pone en riesgo el goce de la propiedad, socava el sosiego e impide, hasta cierto punto, el crecimiento. Entonces, si usted es un egoísta redomado, y aunque le vaya bien, o quizá precisamente por eso, debiera preocuparse por la desigualdad.

Hay también explicaciones más desinteresadas. La desigualdad amenaza una cierta imagen de la vida humana que casi todos -moros y cristianos- compartimos: la vida como desempeño.

Nos gusta pensar que la vida humana es el desenvolvimiento de un guión que cada uno escribe. Y donde nuestro destino depende de nuestra imaginación y de nuestro esfuerzo. Por eso creemos que los recursos y las oportunidades deben distribuirse sin tener en cuenta características -como la cuna, el género, el orígen étnico o las cualidades físicas- que son ajenos al desempeño.

La vida como desempeño. Así nos pensamos en una sociedad democrática y de mercado. Cada uno recibiendo tanto bienestar como sean sus méritos y su esfuerzo.

Hay también creencias firmes -casi siempre religiosas- que obligan a indignarse por la desigualdad. ¿Cómo tolerar el maltrato de quien, siendo Dios, se hizo hombre para hacernos ricos con su pobreza?

Así, por distintas razones -egoísmo, imagen de lo que somos, convicciones religiosas- podemos converger en torno al deseo de mayor igualdad. Sin duda.

Pero para acercarnos a ese ideal aspiracional hay que hacer muchas cosas. Y no estoy seguro de que los candidatos, no obstante la asertividad que mostraron en el tema, estén dispuestos a hacerlas.

Porque no se trata sólo de incentivos. Una sociedad desigual ofrece, por principio, inmensos incentivos para el esfuerzo. Supuesta una cierta neutralidad al riesgo, ¿habrá mayor incentivo para prosperar que la expectativa de integrar ese diez por ciento que en Chile hace suya casi la mitad del ingreso?

Por eso, más que de crear incentivos, se trata también de transferir recursos. Para qué nos vamos a engañar.

La escuela debe recuperar la función que se le asignó en sus inicios. Ser ciega a la cuna y proveer a todos los recién venidos a este mundo de una misma experiencia cognitiva y, hasta donde eso es posible, de un similar capital simbólico. Pero estamos muy lejos de eso. Tenemos un sistema escolar que se esmera en reproducir la cuna y las condiciones de los padres. Un sistema que es la continuidad del hogar. Un sistema donde lo que Merton llamó el Efecto Mateo ("Al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará". Mateo, 13,12) se verifica casi con esmero.

Tampoco está a la altura de esa imagen el trato desfavorable en razón de cualidades adscritas como el género, la orientación sexual o la pertenencia étnica.

Domingo 23 de octubre de 2005 Las alas del deseo El Mercurio /Reportajes

CRISTÓBAL MARÍN Decano Facultad de Ciencias Sociales e Historia U. Diego Portales

En la fiesta de la comunicación política, el fenómeno de los últimos años ha sido Joaquín Lavín. Por eso su auge y su caída proveen pistas acerca de las características de las campañas modernas. ¿Qué ocurrió para que la seducción que logró hace apenas seis años amenace con esfumarse hoy día?

En la década del '50, los analistas pensaron que las campañas concluían antes de empezar. No alteraban la intención de voto. Reforzaban, dijeron, decisiones previas. Sin embargo, evidencias más recientes muestran que las campañas tienen múltiples y relevantes efectos en los electores. Desde el reconocimiento del nombre y la creación de vínculos de intimidad y confianza con los candidatos, hasta cambios en la agenda de la discusión y en los criterios a través de los cuales los votantes evalúan y eligen a sus representantes.

Que la campaña importa, lo prueba Lavín.

El único momento en que en los últimos quince años la derecha ha estado a punto de hacerse con las riendas del poder fue gracias a la campaña de Lavín en 1999, como él mismo no se cansa de repetir, con nostalgia, en cuanto foro lo invitan. A todos sorprendió su campaña. Inauguró un nuevo estilo de hacer política. Una nueva forma de comunicarse con los electores, en sintonía con los cambios que experimentaba nuestra sociedad. La estrategia la han copiado todos. Incluso Lagos -a contrapelo, es cierto- en la dramática segunda vuelta que lo llevó a la presidencia.

Sin embargo, a Lavín la historia se le repite: la primera como tragedia y la segunda como comedia. Ahora su campaña da palos de ciego y ayuda a que el candidato pierda todo su activo comunicacional. Nadie le cree, se lo toman para el leseo, como lo reconoció en el debate del miércoles pasado, y es probable que llegue en un tercer lugar.

La campaña está plagada de hechos que muestran su pérdida de sintonía con las personas. Primero, su eslogan "Alas para todos". Parece la propaganda de una línea área nacional. Ofrecerle a los corpóreos chilenos pasar a convertirse en seres alados no interpela a nadie. Hace lustros un escritor inventó un chileno con alas, Alsino; pero fue objeto de las más crueles burlas.

El resto de los candidatos de la UDI pecan de lo mismo. Y no por exceso de originalidad: no existen frases más gastadas que "la fuerza de la verdad" o "palabra que vale". También la estética usada para la gráfica de Lavín y sus asociados recuerda el peor fantasma de la derecha: la campaña del sí. Solo faltan los gorros de plumavit. Por último, en el reciente debate presidencial Lavín mostró su desesperación actuando como auténtico gallo de pelea, echando fuego por los ojos y nuevamente sacando, cual prestidigitador de feria, un artilugio -esta vez un carné baleado- de sus bolsillos.

¿Qué le pasó a Lavín? Algunas evidencias sugieren que, más allá de un natural desgaste, rompió el frágil pacto de confianza que había construido con sus electores. Inventando tonteras con gran despliegue publicitario y poniéndose a ordenar a los díscolos y camorreros políticos de la Alianza, pensó que las buenas relac iones con el público eran eternas, y que bastaba con repetir la receta. El tiro le salió por la culata. Bachelet, en cambio, supo apropiarse de su estrategia; pero con el suficiente realismo para comprender que las relaciones de confianza con los votantes se construyen día a día y no basta con repetir frases hechas o propuestas descabelladas.

A la Bachelet la campaña le ha salido fácil. Su eslogan "Estoy contigo" y su cuidada estética conectan bien con las experiencias de los electores, aunque a veces sus carteles son más crípticos que filósofo francés. Su modesta performance en los debates presidenciales no le ha hecho mella al resto de su campaña ni a su holgada ventaja.

Piñera es un caso aparte. Tiene varios de los componentes que hacen un buen candidato, excepto la empatía con las mayorías y su disposición a escucharlas. Su campaña no lo ayuda. Posee una estética de caja de fósforos Andes, plagada de frases cliché que no dan ni para tarjeta village. Con una de sus candidatas, que impúdicamente firma como la regalona, no va a llegar muy lejos.

Dentro de poco viene la franja televisiva: uno de los momentos más decisivos de toda campaña. Esta franja será central para la opción de una segunda vuelta y para la batalla entre los candidatos de derecha por el segundo lugar. Es de esperar, para que la cosa no se ponga definitivamente mal, que las pantallas de nuestros televisores no sean, de pronto, invadidas por ángeles volando sobre los cielos.