El nuevo debate y la opinión pública

Ya se fijó el segundo debate presidencial para los candidatos: 16 de noviembre. Ante esto, habrá que ver cómo evolucionan los discursos y mensajes de los candidatos para acaparar votos y colaborar con los indecisos.Esta columna de Fernando García (Universdad Adolfo Ibáñez) publicada hoy en La Tercera dice relación con la dimensión racional de los debates y su impacto en la opinión pública. Al parecer, la imagen no es todo.

Opinión Debates y democracia Fernando García Universidad Adolfo Ibáñez La Tercera Fecha edición: 02-11-2005

Se acaba de fijar el segundo debate presidencial para el próximo 16 de noviembre. Originalmente iba a ser el 2 de noviembre, pero se informó que los canales lo habían suspendido porque el anterior se había hecho hace muy poco y, por lo tanto, no habría suficiente interés para televidentes y avisadores. Llama la atención que se den este tipo de motivos. Llama la atención porque no debería ser un tema de consumidores, no, al menos, en una democracia madura. El debate presidencial es un tema de interés público que afecta a todos los chilenos, a los del people meter y a los que no lo tienen, a los que pagan y a los que no pagan publicidad. La decisión de suspender o aplazar el encuentro no debiera ser un asunto de intereses particulares. Promover y difundir el debate debiera ser garantizado por el Estado. La televisión es un medio que debe ser accesible a todos, puntualmente cuando se trata de temas de interés público. La televisión, junto con los otros medios de comunicación, cumple el mismo rol que antes cumplían las ágoras en la Grecia clásica. Ahí, los ciudadanos se reunían para discutir el interés público: los impuestos, la guerra o la ciudad. Discutían, opinaban, se gritaban y cuando surgía la "razón pública", votaban y ganaba la mayoría. Hoy no existen esas ágoras porque es imposible reunir en un solo lugar a cientos de miles de ciudadanos. Pero están los medios de comunicación. A través de ellos vemos algo parecido a lo que ocurría en la vieja Grecia. Los candidatos exponen sus ideas, programas y visiones de país. Todo el resto mira e incluso tenemos capacidad de participar en forma directa (por teléfono, o emails, por ejemplo) o en forma indirecta (los periodistas prometen "representarnos"). Al final de idas y vueltas, el país nos "llama" para tomar una decisión de acuerdo a lo que hemos escuchado. Gana el más votado. Es decir, una situación bastante parecida a la griega, pero en otras dimensiones y apoyados con instrumentos tecnológicos. Pero para que se mantenga ese espíritu original y se pueda profundizar el sentido democrático, es necesario reforzar la dimensión racional de la campaña, es decir, garantizar los debates, las propuestas, las opiniones. Lamentablemente, hoy vamos en sentido contrario. Pocos son los que leen los programas, casi nadie los lee enteros, los comandos hacen sus mayores inversiones en marketing electoral para atraer al electorado con eslóganes, corbatas rojas y caras sonrientes, pura emoción. Para colmo, hoy se regula con criterios comerciales el poco espacio racional que aún queda: los debates. A veces se dice que el debate es justamente lo contrario. Es decir, que son aprovechados para convencer a los consumidores-ciudadanos con frases prehechas, vestimentas de colores y gestualidad teatral. Es cierto. Pero a pesar de eso, la dimensión racional predomina en el debate. Uno "escucha" a los candidatos, no sólo se los "mira", como es en el caso de las "palomitas" de la Plaza Italia, los anuncios en los micros, los enunciados o las fotos Polaroid. Limitar los debates es caldo de cultivo para la política sin contenidos que a todo el mundo amenaza, pero que nadie cambia. Caldo de cultivo para demagogias, populismos y para los que se oponen a la democracia acusando el voto irracional de las masas. El caso más crudo de los efectos de esta situación es lo que pasó con Tomás Hirsch en el anterior debate. El candidato humanista pudo, como pocas veces, hablar directo y en igualdad de condiciones. Habló, igual que todos, y al hacerlo se ubica en la dimensión racional donde justamente puede competir, ya que nunca podrá hacerlo en el marketing político por sus costos. Resultado: Hirsch sube en las encuestas. La razón democrática provocó un cambio que jamás hubiera ocurrido de mantenerse el plano de la propaganda y el marketing. Esto les puede doler a muchos, pero es lo que la gente quiere y así debiera ser la democracia. En realidad, esto debiera ser un estímulo para los candidatos. Particularmente, para los que creen en la libre competencia. Promover el libre intercambio de ideas debería dar como resultado el que gane la mejor idea y los debates son un instrumento para eso.