El Juicio Final

Partiendo de la base que el de anoche no fue un debate entre Soledad Alvear y Michelle Bachelet, específicamente por la ausencia de discusión entre ambas, queda de manifiesto la necesidad que tienen los partidos políticos por encantar a las audiencias-votantes, especialmente a través de conceptos efectistas provenientes del mundo del marketing como la “oportunidad”, el “gobierno diferente” y las ansias por apoyar a la “clase media”. De esta forma, las candidatas de la Concertación discutieron los temas-país con el mismo tono planteado por Joaquín Lavín hace seis años, no porque ellas quisieran, sino por las preguntas planteadas por los periodistas. ¿El juicio final? Arturo Arriagada Estudiante Sociología Universidad Diego Portales

Partiendo de la base que el de anoche no fue un debate entre Soledad Alvear y Michelle Bachelet, específicamente por la ausencia de discusión entre ambas, queda de manifiesto la necesidad que tienen los partidos políticos por encantar a las audiencias-votantes, especialmente a través de conceptos efectistas provenientes del mundo del marketing como la “oportunidad”, el “gobierno diferente” y las ansias por apoyar a la “clase media”. De esta forma, las candidatas de la Concertación discutieron los temas-país con el mismo tono planteado por Joaquín Lavín hace seis años, no porque ellas quisieran, sino por las preguntas planteadas por los periodistas.

Por esto, a juicio del candidato de la derecha, el debate lo puede haber favorecido, mientras que para las candidatas, este puede ser un peligroso paso en la manera de enfrentar la elección del 31 de julio y posteriormente la del 11 de diciembre. Desde el punto de vista comunicacional, Bachelet fue más que Alvear, pudo proponer y explayarse, sin estar permanentemente a la defensiva como esta última. La mano de Fernando Flores se notó, a ratos Bachelet se posicionó completamente del papel de Presidente de la República.

Por otro lado, el interés que generó el debate, teniendo en cuenta que fue visto por alrededor de 4 millones de televidentes, es el reflejo de la necesidad que tienen las audiencias-votantes por ser parte del espectáculo político, por vivir la política inserta en la lógica de los medios. No por casualidad las frases de los candidatos se enmarcaran en el minuto treinta como tiempo de respuesta, además de preparar sus mensajes para un elector que puede hacer zapping si no lo seducen.

En este contexto, el discurso de la Concertación, siendo que ninguna de las dos candidatas sobresalió en cuanto a la hilación de ideas, pero sobre todo el de Bachelet, quien se expresó de mejor manera, precisa y estructurada, se pone a la altura de la manera de comunicar de Joaquín Lavín. No suena a piropo quizás, pero las frases cortas, estructuradas y que expresan una “solución a un problema” fueron la tónica de ambas precandidatas.

En este punto el rol que tuvieron los periodistas fue fundamental. Plantearon las preguntas desde la perspectiva de las audiencias, excepto por la desatinada pregunta de Consuelo Saavedra acerca de la ausencia de Gutenberg Martínez en el debate, insistiendo en la necesidad de obtener respuestas del tipo: “lo que el votante quiere saber”.

Por otro lado, la labor de este equipo de profesionales se centró en cuestionar el poder, es decir, obligó a las candidatas a entregar las razones por las cuales pueden y deben ser la primera Presidente de Chile, además de plantear temas ignorados por los medios día a día y por el debate político, como por ejemplo, la real diferencia que existe en la distribución del ingreso (notable Nibaldo Mosciatti cuando habló de las ganancias de los bancos durante el 2004 y nombró a los Angelini, Luksic y compañía). Las candidatas estuvieron expuestas al examen público, esto significa que se genera una transversalidad entre el poder político y la ciudadanía. La relación candidatos, medios y audiencias estimula la necesidad de participación, siempre y cuando este tipo de instancias se construya desde un periodismo que cuestione a las autoridades.

Las preguntas favorecieron a Bachelet porque pudo proponer y exponer las ideas que muchos querían conocer, a diferencia de Alvear que fue atacada especialmente en las primeras tres preguntas donde se le dio como derrotada y terminó apelando al concepto de “sueño”, por ejemplo, cuyo uso lo está posicionando Lavín. Por otra parte, Alvear no estuvo a la altura del relajo de Bachelet. Su nerviosismo se hizo evidente, especialmente en la rigidez de las frases diseñadas por sus asesores. Esto la llevó a responder mal varias preguntas y de manera incoherente, superando en algunas ocasiones el tiempo establecido. Ahora los meses se van a hacer eternos. Cada candidato, incluido Lavín, va a ser analizado por los medios, tomando éstos un rol fundamental en tanto transmisores de la información que las audiencias quieren conocer, y ojalá sin perder el tono cuestionador y crítico de algunas preguntas que se generaron en el debate.

La guerra está desatada entre la derecha y la oposición. La Concertación, más allá de cada candidata, juega un fair play que le puede pasar la cuenta y que se torna soberbio al tomar como bandera de lucha el concepto de democracia (con justa razón pueden hacerlo, pero los pone en una situación de autoreferencia, generando una oportunidad para Lavín quien puede posicionarse como una alternativa de gobierno, asumiendo los errores de sus “antepasados” y “parientes” políticos). Más que ganadoras o perdedoras, la gracia del debate estuvo en el tono que emplearon las candidatas para dirigirse a las audiencias-votantes, especialmente en la forma “lavinista” de construir sus discursos y enfrentar las preguntas. Al fin y al cabo los tres precandidatos ocupan frases hechas, efectistas y que potencien sus programas de gobierno. Aunque este no haya sido el juicio final, fue un mediocre ensayo para ganarse el cielo.