Colegas periodistas

¿Para qué sirven los periodistas? Esa es la pregunta que hace Nibaldo Mosciatti en notable columna publicada ayer en La Nación Domingo. Sí, porque no se sabe si son los relacionadores públicos de candidatos políticos, redactores de prensa o asesores que dan consejos que pueden ser útiles o no para la lógica de los medios de comunicación.¿Por qué ningún periodista contó la historia de la gente de Maihue antes de que se hundiera la balsa, sin que las autoridades municipales supieran de las necesidades de esas personas?

Domingo 4 de Diciembre de 2005 Colegas La Nación

Son periodistas que muchas veces transitan sin chistar ni arrugarse del reporteo a las relaciones públicas (o la publicidad), o que, derechamente, intentan combinar simultáneamente ambas actividades sin darse cuenta que son tareas antagónicas e incompatibles.

Nibaldo Fabrizio Mosciatti

Recta final de las campañas electorales y, a estas alturas, lo que vale es protegerse. Protegerse de la avalancha publicitaria, de los llamados telefónicos con la voz, siempre sospechosa, de cualquier candidato, de la papelería que arrojan en tu casa y del mareo que provoca la ciudad plagada de carteles que, con razón, requieren de custodios o si no serían destrozados por los verdaderos ciudadanos con conciencia cívica: o sea, los que prefieren las ciudades limpias a las sucias.

Este es tiempo propicio para los pololos y los pitutos. Detrás de cada candidato hay un espacio -sombrío, pero pagado- para múltiples colaboradores. También, por supuesto, para periodistas.

Muchas veces es por necesidad. Nadie es culpable por eso. Parar la olla es, la mayoría de las veces, lo más urgente. Sin embargo, no dejo de pensar que tras cada mensaje, slogan, afiche o telefonazo puede haber un sujeto que, de buenas a primeras, puede llamarte “colega”, con esa cosa empalagosa que despierta esa palabra y que en mis pesadillas se ejemplifica en la figura de un maniquí con terno con sus hombreras llenas de caspa.

Lo preocupante es que, en este caso, esos “colegas” son cada día más jóvenes que uno. Son periodistas que muchas veces transitan sin chistar ni arrugarse del reporteo a las relaciones públicas (o la publicidad), o que, derechamente, intentan combinar simultáneamente ambas actividades sin darse cuenta que son tareas antagónicas e incompatibles.

Es un fenómeno mundial. Desprovista de contenidos, urgida por la necesidad de figurar en los medios para generar no adhesión, pero sí consumo por parte de los ciudadanos, la política necesita “venderse” como producto y, por lo tanto, publicitarse. Es notable como, en esa lógica, un buen afiche puede llegar a ser mejor que una buena idea. El summum de la actividad política, que es la gestión de gobierno también ha caído en esa lógica. Nunca en la administración pública de Chile ha habido tantos periodistas. Ministerios, subsecretarías, reparticiones y servicios. Los periodistas hacen nata. Están preocupados no de las noticias, sino de que su organismo o jefe salga en las noticias. Pueden llegar a ser hostigosos. Receta: ni siquiera escucharlos.

Por eso, en estos tiempos de campaña, los habitantes de la zona del Maihue –no de la ribera, que toda ella es propiedad de unos pocos empresarios- sólo pueden aspirar a salir a la luz de los medios después de una tragedia. En las reuniones de creativos y brain stormings de los publicistas y asesores comunicacionales de los candidatos, ellos no existen como realidad porque es una verdad que no es vendible hasta que se hunde el misérrimo bote que los transporta y los instala en las portadas. Recién a partir de ahí cobran existencia. Patético. LND