Gobierno ciudadano

El autodenominado "gobierno ciudadano" de Michelle Bachelet, el cual se vio reflejado al momento de dar su discurso en el balcón de La Moneda, mientras sus ministros estaban de pie cercanos a los miles de ciudadanos que la fueron a recibir, deberá luchar con la forma que tiene la Presidenta de Chile de administrar el poder y la información. Una columna escrita por Andrea Insunza y Javier Ortega, publicada ayer en Reportajes de La Tercera, refleja el estilo Bachelet a la hora de contar las decisiones adoptadas, especialmente a los partidos políticos.Además, una columna publicada por Marta Lagos en La Nación Domingo donde se analiza el cambio cultural que está viviendo Chile, especialmente a la hora de elegir a Bachelet como Presidenta del país.

Reportajes/La Tercera Commander in Chief Andrea Insunza y Javier Ortega Investigadores Facultad de Comunicación y Letras UDP

La tarde del 15 de enero, apenas se confirmó el triunfo de Michelle Bachelet, los presidentes de la Concertación llegaron hasta el Hotel San Francisco para felicitarla. Cuando por fin los atendió, tras dos horas de espera, los dirigentes quedaron desconcertados por lo breve y formal del encuentro. A los cinco minutos, Bachelet puso fin a la cita y recibió a una delegación extranjera.

La escena inauguró el estilo de conducción de Bachelet, orientado a establecer que es ella la que manda. Algo que reafirmó con la designación de sus primeros equipos de gobierno, en los que marginó al grueso de los candidatos de los partidos y centralizó al máximo la toma de decisiones, haciendo gala de un fuerte hermetismo que anuló posibles filtraciones.

Gracias a esto, Bachelet cuenta con el equipo más funcional a un gobernante de toda la era concertacionista. No tuvo que enviar grandes señales de gobernabilidad, como Aylwin. No se vio forzada a incluir a cartas presidenciales en su gabinete, como Frei. Tampoco debió pagar favores de campaña con cargos estelares, como Lagos.

Junto a la paridad de género y las caras nuevas, el criterio central en sus nombramientos fue excluir a figuras con agenda propia. Así, junto con apostar al recambio en la Concertación, la nueva jefa de Estado creó un núcleo propio. Este primer gabinete es, esencialmente, bacheletista. En su marcha blanca se ha asemejado al Estado Mayor de un comandante en jefe, donde el trabajo en equipo está siempre a disposición de la jerarquía máxima.

¿Puede el oficialismo mostrarse sorprendido por este estilo? Difícilmente, a menos que haya puesto nula atención a su trayectoria. Bachelet es hija de general, se crió entre uniformes y sabe de temas castrenses. Además, surgió como un disciplinado cuadro del PS y luego, desde cargos públicos menores, observó el poder desde la trastienda, por lo que no es novata en política. Más tarde, como ministra, hizo de la desconfianza su sello. Se trata, en suma, de las mismas facetas que hoy despliega en gran escala.

A esto se unió una campaña presidencial para ella ingrata, pues los principales cuestionamientos apuntaron a su liderazgo. Si el desafío de Lagos fue revertir la inquietud por ser socialista, el de Bachelet es demostrar que en Chile una mujer, especialmente la primera en ser Presidenta, puede ejercer en plenitud como gobernante.

Ya como ministra de Salud su prioridad fue articular un equipo de su total confianza, que se alineó tras ella en su disputa con Hernán Sandoval por el control de la reforma del área. A pesar de esto, era común que contrastara la información que recibía de su equipo y a menudo tomaba el teléfono para chequear datos.

Como titular de Defensa dividió a sus cuatro subsecretarios en áreas temáticas, compartimentando sus funciones y centralizando la información. Con los comandantes en jefe mantuvo un periódico vínculo y apeló a la "confianza mutua" para resolver trances difíciles. Así consiguió la renuncia del jefe máximo de la Fach, el general Patricio Ríos.

Tampoco debiera sorprender a estas alturas su afán por evitar las filtraciones. Por su labor política en la clandestinidad -cuando un error podía significar la muerte-, Bachelet es implacable con las fugas de información. Aunque en Salud varias veces se sintió víctima de trascendidos que atribuyó a Sandoval, nunca replicó en el mismo plano. Y en Defensa, cuando intuyó que los equipos de Soledad Alvear e Insulza filtraban versiones para perjudicarla, llegó a pedirles a ambos que controlaran a su gente.

En la propia génesis de su opción presidencial la ex ministra dejó de manifiesto su desconfianza y hermetismo. "¿Cómo sé que lo que hablamos no va a salir mañana en los diarios?", preguntó más de alguna vez a los barones del PS.

Si hubiesen observado con mayor atención, los dirigentes oficialistas sabrían bien que, tras su triunfo, Bachelet remarcaría su independencia. Terminaron, sin embargo, tan sorprendidos como los personajes de Commander in Chief -en español, comandante en jefe-, la serie norteamericana protagonizada por Geena Davis. En esa trama, la hasta ese momento inocua vicepresidenta de Estados Unidos asume el mando de la Nación, tras la muerte del gobernante titular, realizando una serie de cambios que dejan perplejos a aliados y adversarios. Tal como Bachelet ahora.

¿Más democracia en Chile y en la región?

Según una encuesta Mori, la primera razón por la cual los chilenos se sienten discriminados es la pobreza, luego se sienten discriminados al buscar trabajo, por el color de su piel, por el lugar de donde vienen, y finalmente se sienten discriminados si en alguna de esas circunstancias, además, son mujeres.

Nación Domingo Marta Lagos http://www.lnd.cl/

El 59% de los chilenos apoyan la democracia, en Bolivia es 49%, en Brasil 36%. Están en Chile sus gobernantes a honrar nuestro hito histórico de la Presidenta Bachelet. Es el Cono Sur de América Latina que ha elegido a una mujer, un indígena y un hombre que llegó de un hogar analfabeto a la Presidencia en sólo una generación.

¿Qué está pasando? La democracia trajo consigo la promesa de igualdad ante la ley y un ejercicio de la libertad y los derechos que no se ha cumplido con plenitud en ninguno de esos países. Con distintos niveles de desigualdades y discriminaciones han elegido gobernantes que auguran mayores niveles de inclusión, creación de bienes políticos, desmantelamiento de desigualdades, movilidad social, igualdad de oportunidades. No es casualidad que hayan elegido para liderar a genuinos actores de grupos que han sido históricamente discriminados.

No hay que confundir en Chile la demanda de igualdad de género, que la Presidenta Bachelet sintetiza con la paridad de sus nombramientos, con la aspiración de desmantelamiento de la larga lista de desigualdades que conlleva su elección. Según una encuesta Mori, la primera razón por la cual los chilenos se sienten discriminados es la pobreza, luego se sienten discriminados al buscar trabajo, por el color de su piel, por el lugar de donde vienen, y finalmente se sienten discriminados si en alguna de esas circunstancias, además, son mujeres.

La democracia en Chile subsiste con altos niveles de discriminación embebida en nuestra cultura. No es sólo el aparato estatal el que discrimina, sino cada cual en su vida diaria. El 50% de los chilenos mencionan la falta de trato por igual como lo que más produce desconfianza hacia las instituciones y las personas. Los chilenos no se sienten tratados por igual por los partidos políticos, por el Parla mento, por el Poder Judicial, por la gente en general. Por contraste, la Presidencia de la República se diferencia de esa desconfianza hacia las instituciones, produciendo mayores niveles de legitimidad y confianza. Es, lejos, la institución que más igualdad trasunta con sus acciones.

Es cierto que Chile es el único país de la región que ha podido cumplir la meta de desmantelar la pobreza a la mitad en el espacio de 15 años, pero la brecha entre ricos y pobres ha aumentado. ¿Acaso hemos cambiado pobreza por desigualdad? Con un ingreso per cápita cercano a los siete mil dólares y una educación promedio de 10 años de escolaridad, estamos lejos de una panacea desarrollada.

Morales, Lula y Bachelet son la expresión de las carencias de sus pueblos. Carencias que tienen siglos de rezago, como es el caso boliviano, con la plena inclusión del pueblo indígena a la ciudadanía; otros de una pobreza inaceptable, como el caso de Brasil, y en el caso de Chile con una sociedad estratificada, casi medieval, donde la movilidad social se produce lentamente entre las generaciones.

Es evidente que la izquierda tiene más legitimidad en la oferta de igualdad. Pero cuidado con que alguien crea que los votos son propiedad de personas. Con alta desafección por los partidos, bajas lealtades ideológicas, los latinoamericanos están votando por presidentes que quieren usar el poder para producir más democracia. Nadie pareciera ser dueño de los votos, más que la aspiración de más democracia y de quién pueda proporcionarla.

No es la demanda de una democracia que está en los libros de texto, sino de una democracia que se viva en la vida diaria, la que constituye hábito y costumbre. El “trato por igual” es lo que está en discusión. La elección de Michelle Bachelet desmiente de alguna manera la definición más normativa de la democracia, porque no basta que la Constitución declare la igualdad ante la ley, es necesario que suceda en la vida diaria.

Mientras tanto, vivimos una revolución cultural. En Chile se siente en el ambiente el empoderamiento inicial que implica la asunción de una mujer, con la paridad efectiva del equipo de Gobierno. Un cambio sorpresivo, inesperado, un hecho revolucionario desde el poder establecido. Una nueva manera de hacer revolución. La ley de cuotas, la acción afirmativa, quedan como tímidas propuestas al lado del impacto en la dispersión del poder que ha tenido elegir una mujer que sin más aplica la paridad. Silenciosamente, mientras la sociedad tradicional y conservadora le cuestiona su capacidad de liderar, usa el poder para hacer una revolución. ¿Acaso no se han dado cuenta lo que significa? El Parlamento quedó anticuado, el Poder Judicial también. ¿Cuántos votos perderá el próximo varón que no considere a las mujeres por igual?

Así como hoy ningún político puede aspirar al poder sin mencionar la delincuencia y el desempleo, será en el futuro la disposición a la paridad. La sociedad consiguió con el voto lo que las instituciones no habían siquiera empezado a intentar: unas instituciones que van detrás de la sociedad en su velocidad de acción y de cambio.

El 11 de marzo del año 2006 es una fecha de inicio de ese cambio cultural. Lo más relevante es que es posible avanzar con grandes pasos. El poder del voto consolida la democracia y entrega soberanía cuando se satisfacen las demandas. Así sólo puede aumentar su apoyo, hipótesis que esperamos poder corroborar en Latinobarómetro 2006. LND