Las lecciones del lobby

Si bien en Chile todavía se encuentra en proceso de ser aprobada la ley que regula el lobby, la crisis que afecta a uno de los connotados lobbystas estadounidenses pone nuevamente en discusión la necesidad de la existencia de una ley que regule una actividad que nadie sabe la importancia que tiene en una sociedad democrática.Felipe del Solar, profesor de la Escuela de Gobierno de la UAI, define los criterios que hacen de ésta regulación algo fundamental para la democracia en en Chile.

Opinión/La Tercera Abramoff: lecciones para Chile Por Felipe del Solar Profesor escuela de gobierno, Univ. Adolfo Ibáñez

En Estados Unidos, el Partido Republicano pasa por momentos que preferiría olvidar. Además de Irak y Katrina, uno de sus más connotados lobbistas, Jack Abramoff, se declaró culpable hace poco de corrupción, estafa y conspiración. Su testimonio ha involucrado a políticos, parlamentarios y asesores. En especial al diputado Tom DeLay, quien fuera líder de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes y que renunció al cargo.

La investigación judicial ha ido revelando las peores prácticas que se pueden asociar con un lobbista. Financiamiento de campañas a través de los clientes, extorsión, tráfico de influencias, soborno, estafa. Abramoff generó campañas para el cierre de casinos en Texas financiando a grupos conservadores y religiosos. Luego se acercó a los dueños de los casinos (comunidades indígenas) y les ofreció sus servicios para reabrirlos gracias a sus contactos en el Congreso. Para el Washington Post este sería "uno de los peores casos de corrupción en generaciones".

El impacto de este escándalo ha traspasado las fronteras de Estados Unidos. En Bruselas, la industria europea del lobby se ha abierto a la posibilidad de regular la actividad dejando atrás una renuencia histórica. El argumento ha sido "no esperemos a tener un caso Abramoff".

Ese mismo argumento es válido para nuestro país. Regulando el lobby se logran dos cosas. Primero, otorgar herramientas jurídicas para evitar actos de corrupción. Segundo, perfeccionar la institucionalización del vínculo entre privados y Estado, que es clave.

Una buena ley de lobby debe cubrir ciertas áreas básicas: obligar a hacer públicas las acciones de los lobbistas, impedirles participar en el financiamiento de campañas políticas y definir la forma en que funcionarios públicos pasan al sector privado, entre otras. Pero también, para ser eficaz, debe surgir como parte de un "sistema de normas" para controlar la corrupción. Por sí sola puede resultar ineficaz. En Chile tenemos la base de dicho sistema. Además de los tipos penales como el cohecho y otros, ahora contamos con leyes de financiamiento electoral, servicio civil, compras públicas o declaración de patrimonio.

En el Senado se discute nuestra ley de lobby (el próximo 12 de abril vence el plazo para presentar indicaciones). Ojalá sea aprobada pronto, pero no cualquier ley. El proyecto original que enviara el gobierno era muy similar a la ley existente en EEUU. Esa norma ha sufrido ya dos modificaciones y tras el caso Abramoff se apronta una tercera.

Resulta interesante tener presentes los cambios que se discuten hoy en el Senado estadounidense. Y también aquellos que no se debaten. Existen varios proyectos de ley en discusión, pero el Senado aprobó esta semana el más débil. Algunas de las propuestas son: prohibir que los parlamentarios reciban regalos y acepten viajes y comidas de parte de lobbistas; que los senadores deban tomar un curso de ética; ampliar la fiscalización sobre el grassroots lobbying o campañas públicas que involucren a organizaciones de la sociedad civil; obligar a los lobbistas a declarar sus donaciones políticas; y modificar algunos aspectos del proceso legislativo en los que existe amplia discrecionalidad parlamentaria, especialmente lo referido a la asignación de fondos públicos. Una norma a la que los senadores estadounidenses se han opuesto, sin embargo, es la que crea un ente fiscalizador interno eficaz y autónomo.

Es interesante constatar que a la hora de mejorar la regulación del lobby en EEUU parece necesario realizar cambios al proceso legislativo. Esto es así porque regularlo de manera eficaz requiere compatibilizar dicha norma con otras. Requiere de ese "sistema de normas" donde unas complementan a otras. Y donde, además, una ley de lobby abarca diversas áreas de acción de los funcionarios de cualquiera de los tres poderes del Estado.

La representación de intereses privados ante autoridades públicas -lobby- es una práctica que bien normada trae más beneficios que perjuicios. El diálogo entre reguladores y regulados favorece políticas públicas mejor diseñadas. El caso Abramoff nos lleva a coincidir con los europeos en la necesidad de regularlo. Pero debe llevarnos también a plantear la conveniencia de tener no una ley como la que rige hoy en EEUU, sino una como la que el Congreso de ese país está todavía reacio a aprobar.