Cómo mejorar la TV chilena

La nominación del ex ministro Francisco Vidal como presidente del directorio de TVN, no ha hecho más que generar pataletas de los sectores políticos que se han sentido afectados por esta situación. Valerio Fuenzalida, investigador del Instituto de Estudios Mediales de la PUC, analiza este hecho desde el punto de vista de generar un debate sobre el rol del Estado y el desarrollo de una televisión pública en Chile. Publicada ayer en La Tercera. Cómo mejorar la TV chilena Por Valerio Fuenzalida, investigador del Instituto de Estudios Mediales de la Pontificia Universidad Católica de Chile Fecha edición: 05-04-2006

La columna del senador Jaime Gazmuri acerca de TVN en La Tercera del sábado pasado abre la oportunidad de complejizar el debate hacia aspectos omitidos que si no son abordados, generan más bien un voluntarismo ineficiente. Recordemos primero que la razón de las autonomías para ciertos organismos del Estado es proporcionar un mecanismo que dificulte la degradación de un valor social: mantener el valor del dinero -degradado por la inflación generada por políticas populistas cortoplacistas- ha llevado a la autonomía del Banco Central; la autonomía de TVN brota de la necesidad de tener una información plural y confiable, no degradada por la propaganda y la descalificación del adversario, como pasó bajo la dictadura.

Pero a diferencia del Banco Central, el directorio de TVN a menudo está constituido por consejeros sin calificación acerca de una industria audiovisual notablemente compleja. Además, el canal debe generar sus recursos. Plantear exigencias programáticas sin dinero que las sustente es ilusorio. Los aportes del Estado a la TV chilena fueron suprimidos por la dictadura. Como respuesta a la corrupción ocurrida en ese período, la reforma a TVN en 1992 prohibió aportes del Estado. El pequeño fondo creado ese año y administrado por el CNTV ha demostrado ser un mecanismo exitoso para asignar dinero público para la innovación televisiva, con una administración sana y con rating de público en pantalla. Al ser concursable por todos los canales y productoras independientes, se ha fomentado una política más moderna e integral que busca elevar el nivel de calidad del conjunto de la industria televisiva. Eso, a diferencia de los criterios antiguos, que pretendían un canal "culto" (con bajo rating) y otro conjunto de canales con alta sintonía y contenidos mediocres. Ante la insuficiencia de esos fondos, es necesario un crecimiento sustantivo; sería interesante escuchar compromisos en esta línea más estructural.

Tampoco hemos escuchado propuestas en relación con la TV digital, en la que la política de la Subtel ha sido extraordinariamente pasiva. Brasil y Argentina han acordado definir un estándar común, en respuesta a las peticiones de la industria para no repetir el error de normas incompatibles cuando se introdujo la TV color en la región. En un acuerdo regional, los países con más millones de hogares con televisores serán quienes inclinen la balanza (Brasil, México, Argentina). Si en la definición de estándar técnico hay, pues, pocos grados de libertad, existen aspectos, en cambio, donde las decisiones serán propias y afectarán por muchos años a la calidad de la programación y al desarrollo de la industria audiovisual chilena.

La multiplicidad de canales que ofrece la tecnología digital debería conducir a la política de creación de canales segmentados. Sea por asignación de frecuencia, a operadores monocanales o a operadores multicanales, la segmentación será indispensable (en la actualidad, la ley de TV abierta prohíbe operar dos canales en la misma zona de asignación de frecuencias). Es impensable e insustentable económicamente imaginar 28 canales emitiendo la misma parrilla programática. La importancia de tal segmentación es que al diversificar una programación especializada, permite elevar la calidad de la oferta televisiva para las audiencias: canales informativos, científico-culturales, infantiles, generalistas u otros. Es la mejor respuesta a la demanda por más y mejor calidad en información. Además, generaría una importante demanda a la industria audiovisual externa a los canales por producción en nuevos géneros, con potencialidad de exportación hacia el cable latinoamericano.

Un rol activo y moderno del Estado, con subsidios focalizados en áreas de programas televisivos que no sustenta la publicidad comercial, junto a una legislación jurídica para la televisión digital con visión tecnológico-industrial, constituyen políticas sustantivas para diversificar la calidad programática y estimular el desarrollo de la industria audiovisual chilena.