Pinochet, la crisis de la Concertación y su cobertura mediática

La crisis de la Concertación, a través de la cobertura televisiva que se le ha dado al tema, es analizada en esta columna de Diego Moulian. Publicada ayer en La Nación Domingo. Ahora viene la cobertura del caso Pinochet, donde los canales de televisión y la prensa deberán construir información que sea relevante desde el punto de vista periodístico para sus audiencias, además de responsable con la opinión pública, especialmente aquellos medios que todavía tienen deudas pendientes con la cobertura de los llamados "hechos del pasado". La importancia de la verosimilitud La Nación, Domingo 3 de Diciembre de 2006 Por Diego Moulian M., analista de televisión.

La verosimilitud es un requisito central para que cualquier relato –audiovisual o escrito, de ficción o periodístico– sea asumido por la audiencia como un planteamiento creíble y potencialmente cierto. El clásico programa radial de Orson Welles acerca de una descabellada invasión de la Tierra por parte de alienígenas, emitido en Estados Unidos en 1938, logró crear una sensación de verdad y causó pánico colectivo en la población gracias al uso de elementos propios del lenguaje informativo y a la explotación de un contexto sicosocial –en vísperas de la Segunda Guerra Mundial– de sensibilidad frente a ataques de fuerzas enemigas.

La televisada reconciliación entre Fernando Flores y Guido Girardi, por el contrario, careció de las más mínimas condiciones de verosimilitud. El escenario donde ocurrió este supuesto reencuentro –el Consejo General del PPD– no se perfilaba como el más apto para mensajes de este cariz, ya que en los días previos había sido descrita por los medios como una instancia de conflictividad y quiebre, siendo definida anticipadamente como una jornada de cuchillos afilados. Adicionalmente, el gesto de elevación de los brazos de los senadores en señal de sincera unidad transmitió justamente lo contrario: una componenda forzada y de última hora. En las pantallas de TV se vio a Sergio Bitar pugnando por levantar las extremidades de los parlamentarios en discordia, a Girardi nervioso y con su rostro sudoroso, a Flores reflejando desconcierto y molestia en su semblante y en su brazo que se negaba a alzarse completamente. El posterior apretón de manos entre ambos no fue, en realidad, un apretón; el senador por la I Región sostuvo apenas la punta de los dedos de su colega y rival, mostrando desconfianza e incomodidad.

El escenario de realidad instalado por los noticiarios de TV en el último tiempo habla de una crisis terminal en el PPD y en la Concertación, asociada a los recientes episodios de corrupción: el escándalo de Chiledeportes, la seguidilla de denuncias sobre la relación de dirigentes políticos con empresas fantasmas (entidades que también extendieron facturas falsas a firmas privadas, aspecto que, sin embargo, no ha sido resaltado); el caso MOP, que reflotó como consecuencia de la confirmación del procesamiento de Guillermo Díaz, y los cuestionamientos acerca del uso de fondos de los planes de empleo en campañas parlamentarias de la V Región. Este panorama enrarecido se ha visto reforzado en la segunda quincena de noviembre, pero ha estado presente en la agenda pública desde hace más de un mes y medio.

Según la óptica televisiva, el cúmulo de sucesos de carácter delictivo ha actuado como un factor gatillador del difícil trance por el que atraviesa la alianza de Gobierno, haciendo estallar no sólo la muy visible disputa entre Girardi y Flores, sino que también otras peleas “mediáticas” entre parlamentarios oficialistas, como las protagonizadas por las duplas Juan Carlos Latorre vs. Denise Pascal y Jorge Sabag vs. Marco Enríquez-Ominami. Sin embargo, más relevante que este rol detonador de contiendas, los actos de violación de la fe y probidad públicas han sido presentados como una señal de la descomposición interna de la Concertación, cuyos síntomas más nítidos serían la falta de compañerismo, el apetito desmedido por el poder, la carencia de un proyecto político común e, incluso, la existencia de patrones valóricos antagónicos. La polémica entre el PDC y diputados del PS y PPD por un proyecto de ley de aborto fue exhibida –especialmente por “Meganoticias”– como una prueba más de la situación de desintegración que vive el conglomerado, lo que pondría en serio riesgo su vigencia como opción de Gobierno.

En los primeros días de la semana que concluye, un hecho dramático acaparó la atención periodística: el suicidio de una adolescente en Iquique. De acuerdo al relato informativo, esta decisión habría estado motivada por los reiterados maltratos de que era objeto la joven por parte de sus compañeras de colegio, con lo cual emergió con fuerza en el debate público la temática de la violencia intraescolar. Como certeramente expresó la Presidenta Bachelet, esta muerte también es un síntoma de una crisis. Es una trágica manifestación de una problemática sistémica y multisectorial que involucra a la familia, la educación, los medios de comunicación, etc., y que habla de una incapacidad social para resolver los conflictos pacíficamente y relacionarse con el otro de manera respetuosa, amenazando, por lo tanto, la convivencia civilizada y democrática entre los chilenos. Se trata, a la vez, de una crisis difusa, donde los culpables no son claramente identificables. Aquí, los malhechores no son los políticos corruptos o los invasores alienígenas; los responsables somos todos. LND