Pinochet, consumidores y ciudadanos

Anoche en el programa Última Mirada de Chilevisión, el periodista Fernando Paulsen entrevistó a Eugenio Tironi y a Francisco Javier Cuadra. Ambos analizaron la muerte de Pinochet, tanto en el contexto histórico como político.Así como los chilenos antes del plebiscito de 1988 tenían la posibilidad de elegir entre comprar un auto de marca X o Y, luego pudieron elegir entre votar por el candidato de la Alianza o la Concertación. Si bien este último no fue el legado de Pinochet, sino más bien un triunfo de la oposición de la época, el modelo económico que se instauró (y que sí fue su legado que hasta hoy la Concertación ha validado) dividió a los chilenos en su rol de consumidores y ciudadanos que hoy ejercen sus derechos, por ejemplo, al exigir transparencia en un caso como el de Chiledeportes, además de demandar de las empresas mejor calidad en sus servicios. Tironi publica hoy una columna en El Mercurio donde refleja parte de la conversación con Cuadra en el programa de Chilevisión.

Pinochet, la historia y nosotros

El Mercurio/Editorial Martes 12 de diciembre de 2006

Es hora de reflexionar sobre nuestra sociedad, que lo creó y lo respaldó, para, finalmente, expulsarlo. Pinochet ya no está; pero esas misteriosas fuerzas siguen en nosotros.

Por Eugenio Tironi

"¿Qué habría sido de mi vida sin Augusto Pinochet?" Millones de chilenos deben estar haciéndo-se esta pregunta en las horas posteriores a su desaparición. Las respuestas son muy disímiles. Para algunos, su figura está identificada indeleblemente con la muerte, la desaparición, la tortura, el exilio, el despido, la humillación, el miedo, el silencio; para otros, está asociada a la salvación de una amenaza que ponía en peligro el orden, la propiedad, la libertad, el progreso económico y hasta la vida. Como sea, Pinochet no ha sido indiferente para nadie.

¿Fue acaso un personaje excepcional, que a fuerza de genio o de valor marcó a su tiempo? Me parece que no: Pinochet fue más bien un hombre empujado por la historia a tomar un protagonismo que nunca imaginó, y que tuvo la astucia de seguirla sin resistir el destino que le indicaba.

Por ejemplo, Pinochet no fue quien ideó y organizó el golpe mi-litar; pero cuando éste ya era inevitable, a raíz de una democracia que se caía a pedazos, por una clase política incapaz de canalizar institucionalmente sus conflictos y garantizar el orden, él no tuvo escrúpulos para dar la espalda a las promesas hechas al Presidente Allende y ponerse a la cabeza de la sublevación, donde empleó una fuerza tan desproporcionada, que seguramente sorprendió a los compañeros de armas que la habían venido planeando desde la primera hora.

Pinochet, efectivamente, realizó una revolución capitalista de corte liberal, que sacudió a Chile hasta sus raíces. Los efectos de esta fractura siguen vigentes hasta hoy. Pero, ¿fue esto algo discurrido por Pinochet, o algo que ocurrió casi accidentalmente, sin un plan previo? Pienso que fue más bien lo segundo. Las primeras medidas del nuevo régimen se orientaron por un propósito de restauración antes que de refundación. Pero el bombardeo de La Moneda, con un Allende que rechaza la oferta del exilio y que muere defendiéndola, fue un punto de no retorno. No había más opción que llevar a acabo una revolución a la altura de la tragedia. Fue entonces que Pinochet encontró en los "Chicago Boys" un programa que podía justificar la extrema violencia del golpe: romper con el tipo de capitalismo europeo que la clase dirigente chilena había impulsado en el siglo XX, y ensayar uno nuevo, de tipo norteamericano. Nada de esto estaba en los planes de Pinochet o de las Fuerzas Armadas antes del 11 de septiembre de 1973; pero con La Moneda en llamas y el fantasma de Allende a sus espaldas, no quedaba más alternativa.

¿Por qué Pinochet aceptó dejar el poder en 1990? Porque percibió, otra vez, hacia dónde iba la historia. Las condiciones que lo habían colocado en el poder (guerra fría, violencia interna) habían desaparecido. Se había creado una sociedad más moderna y abierta al mundo, incompatible con una dictadura con su historial en materia de violación a los derechos humanos. Así, su propia revolución terminó expulsándolo del poder. Más allá de algunos corcoveos, Pinochet se resignó a su suerte; sin imaginar, seguramente, que la cuestión de los derechos humanos y de la corrupción bajo su régimen erosionaría su memoria a tal punto, que, a futuro, ningún actor político invocaría su figura.

Pinochet ha muerto. No es la hora de idealizarlo como un visionario, porque no lo fue; tampoco de celebrar su muerte, como si ella fuera a curar los dolores que produjo o exorcizar nuestras miserias. Es la hora, más bien, de reflexionar sobre nuestra sociedad, que en un momento lo creó y lo respaldó, para, finalmente, expulsarlo. Pinochet ya no está; pero esas misteriosas fuerzas siguen en nosotros.