Las audiencias y su compleja relación con los medios

Fernando Paulsen en el último número de revista Qué Pasa recomienda tres libros para comprender el rol de los medios de comunicación y su relación con las audiencias. Especial atención a los libros de Postman y Whyte. Notables. 20 de enero de 2007 Tres libros para despeinar el verano

Fernando Paulsen

Los tres textos escogidos tienen en común mirar el objeto de estudio desde la provocación. Invitan a desordenar lo que parece claro y se repite como mantra. Alertan sobre el tremendo poder de la tontera y la desbordante atracción de la irrelevancia. Apuntan a salirse de la fila y mirarla desde fuera, para así descubrir dónde está la posición propia, dónde lo genuino, el valor personal indelegable y dónde vale la pena dar las peleas de fondo.

1.- Divertirse hasta morir, de Neil Postman

Postman escribió este libro en 1985, cuando la televisión ya se había apoderado de la mediatización entre realidad y público. Y, como el observador agudo que era, no se conformó con la “magia de la TV”, ni con el influjo avasallante que ejercía crecientemente sobre periodistas, políticos, educadores, publicistas y todo tipo de gente que creía haber encontrado la última tecnología, la piedra filosofal de la comunicación. Neil Postman fue un seguidor de las ideas de un ingeniero polaco, nacido en 1879, llamado Alfred Korzybski, quien creó una manera de entender las relaciones humanas con su entorno conocida como Semántica General. Korzybski planteaba que las cosas reales eran objeto de un proceso de abstracción por parte del hombre con el propósito de nombrarlas. El lenguaje eran las abstracciones de la realidad. “El mapa no es el territorio; las palabras no son la cosa que se está definiendo, ” es su slogan más conocido. El problema es que la gente usa las palabras de generación en generación sin percatarse de este fenómeno y toma el símbolo por la cosa real. En su libro, Neil Postman invita a masticar y no sólo a tragar lo que sucede delante de nuestros ojos. Explica con agudos e innumerables ejemplos históricos cómo los medios de comunicación se han convertido en metáforas, “que nos clasifican el mundo, lo ordenan, lo enmarcan, lo agrandan, lo reducen, lo colorean, planteando así los argumentos para explicar cómo es el mundo”. Si estuviera vivo, Postman podría haber ejemplificado diciendo que el mero concepto “armas de destrucción masiva” gatillaba una idea de la realidad, aunque no se mostrara ninguna bomba, ni gas letal, ni bacteria y sólo se viera a un político con chaqueta y corbata hablando frente a un micrófono. Para los televidentes irreflexivos, piensa Postman, el mapa es el territorio. El autor es un crítico atípico de la televisión, en el sentido que no apunta a su banalidad, como quien desea que en vez de farándula se muestra la ópera. No, Postman señala que la dinámica de la televisión, su esencia como medio y su dominio abrumador sobre el lenguaje, las metáforas y los códigos verbales con los cuales la gente entiende la realidad, tienden a producir un empobrecimiento galopante del pensamiento, una simplificación peligrosa de la conciencia de estar vivo y una inutilidad colosal de la información que inunda cada minuto las pantallas. Usando la lógica que planteara masivamente el canadiense Marshall McLuhan, Postman señala que los objetivos de los inventores y usuarios de la tecnología no guarda relación directa con lo que efectivamente pasa, porque la tecnología genera un discurso propio, que deriva en una manera de ver las cosas, que escapa de las intenciones de sus creadores. “Una persona que lee un libro o mira la televisión, o que echa una mirada a su reloj, normalmente no está interesada en cómo está organizada y controlada su mente por estos acontecimientos, y menos aún en la idea del mundo que sugiere el libro, la televisión y el reloj”, dice Postman. El autor analiza cuál es ese nuevo discurso público que crea esta tecnología de la imagen, la televisión. ¿Cuál es el medio que genera? Y concluye que la televisión tiene como lógica vital el entretenimiento.”… un noticiario es un formato para el entretenimiento, no para la educación, la reflexión o la catarsis”. El libro se mete en las entrañas del “monstruo”, despeina sus pretendidas certezas, revela su mecanismo simbólico y cómo se distancia de la realidad, proclama que la inercia del medio es abrumar a sus espectadores con seudonoticias y trivialidades, advirtiendo que puede llegar un día en que –como lo profetizara Aldous Huxley- “lo que afligía a la gente de Un Mundo Feliz no era que estaban riendo en lugar de pensar, sino que no sabían de qué reían y por qué habían dejado de pensar”.

2.- Cartas a un joven disidente, de Christopher Hitchens

Christopher Hitchens es uno de los más lúcidos, mordaces e irreverentes escritores y periodistas de la actualidad. Nacido en Inglaterra en 1949, fue parte de la izquierda trotskista, derramando sus inflamados artículos antimonárquicos, antifascistas, anticlericales, hasta que luego de los atentados del 11 de septiembre del 2001, Hitchens consolidó un giro rotundo en sus críticas, atacando lo que denominó el nuevo fascismo islámico. Rompió sus ataduras con la izquierda de su país y de Estados Unidos, apoyó la invasión de Irak de George W. Bush, corrigiendo lo que calificó como un error suyo, al haberse opuesto a la Guerra del Golfo de Bush padre en 1991. Según Hitchens lo que se ve es una batalla entre el secularismo moderno y el fascismo religioso. En el libro, Hitchens se inspira en Cartas a un joven Poeta, de Rainer María Rilke, para recomendar de qué forma un joven disidente de lo establecido puede hacerse un espacio en una convivencia que valora sobremanera el conformismo. Hitchens recomienda al desconocido disidente observar el papel de otros en la historia que estuvieron dispuestos a jugarse sus palabras y no pocas veces el pellejo contra el orden y la dictadura de las buenas maneras. Cita el autor un viejo proverbio romano: Fiat Justitia…Ruat Caelum (Haz justicia y que se venga abajo el cielo), para introducir al lector en el juicio a Dreyfus en Francia y la defensa furibunda y anticlerical de Emile Zola, a fines del siglo XIX. Simulando un diálogo donde lo único que se ve es la respuesta de Hitchens a las cartas que le manda el desconocido joven disidente, el escritor británico se adentra en todo tipo de arenas movedizas: la legitimidad de un gobierno democrático que se arma nuclearmente, arriesgando que todos sean arrastrados al exterminio; recomienda evitar la atrofia y la rutina, manteniendo viva la rabia contra el abuso y la estupidez, cosa que puede entrenarse a diario y en cosas pequeñas, como lo hace Hitchens cuando lee el New York Times y se fija que bajo el título del diario está todavía presente la frase pomposa y vacía: Todas las noticias que merecen publicarse (“Yo atribuyo a esta infusión cotidiana de disgusto la virtud de prolongar mi tiempo de vida”). Una clave para Hitchens de la disidencia es enfrentar la crítica de los poderosos, que preguntan ¿quién te crees que eres? Aquí el autor no escatima elogios al elitismo de creer que si eres el único que siente tener la verdad, debes decirla, aunque enfrentes con imagen de arrogancia a la mayoría. “Nombrarme a mí mismo, me viene de perlas”, dice Hitchens. Y agrega su credo: “nadie me pidió que hiciera esto y no sería lo mismo si me lo hubieran pedido. No pueden despedirme como tampoco pueden ascenderme. Estoy a gusto en la fila de los trabajadores por cuenta propia. Si me muestro estúpido o estoy en baja forma, sólo yo lo sufro. A la pregunta : ¿quién te cree que eres?, puedo replicar con calma: ¿Quién quiere saberlo?” Le pregunta el disidente por la solidaridad con el grupo al que se pertenece, y Hitchens le plantea que el orgullo de clase o de nacionalidad no sirven de mucho y, por el contrario, sofocan demasiado: “Quiero instarte con la mayor firmeza a que viajes todo lo que puedas, y a que evoluciones como un internacionalista”. El libro cita al disidente húngaro George Konrad: “Busca una vida vivida, más que una carrera. Refúgiate en el buen gusto. Las libertad vivida te compensará de unas cuantas pérdidas. Si no te gusta el estilo ajeno, cultiva el tuyo. Llega a conocer las mañas de la reproducción, sé tu propio editor incluso cuando conversas, y el placer del trabajo llenará tus días”. Esto sirve a Hitchens para culminar sus recomendaciones: “Que así sea contigo, y que conserves la pólvora seca para futuras batallas, y que sepas cuándo y cómo reconocerlas”.

3.- Crimes Against Logic, de Jamie Whyte

El subtítulo de este librito delicioso, afilado como una navaja y divertido hasta la raíz, es directo: “Exponiendo los argumentos falaces de políticos, sacerdotes, periodistas y otros ofensores en serie”. Whyte es un filósofo nacido en Nueva Zelandia, que se trasladó a la Universidad de Cambridge , en Inglaterra y que está dotado de una mordacidad y humor que sólo las mejores plumas anglosajonas son capaces de desarrollar. Jamie Whyte se da un paseo por todo tipo de discursos públicos, develando las faltas a la lógica y los atentados a la coherencia que se expresan a diario en congresos, púlpitos, salas de clases y, sobre todo, medios de comunicación. Los capítulos están divididos por diversas formas de falacias facilmente reconocibles, entre otras cosas, porque las usamos muy a menudo. Falacias de autoridad, de motivo, de razonamiento con estadísticas (este es un capítulo soberbio, pone colorado), el uso de palabras vacías, la distosión de las coincidencias, la evasión de la pregunta de fondo y permanentes referencias a hechos validados por ideas, mitos y apuntes morales, ajenos a la evidencia científica. Whyte hace referencia a una característica muy propia de estos lados, denominada la Falacia de la Motivación: “es tan común en la política que el debate serio es casi inexistente. El anuncio de una nueva política o decisión gubernamental es recibido, no con una discusión sobre sus méritos, sino con una vistosa especulación de periodistas y políticos acerca de cuál fue la motivación para el anuncio”. Acaso no fue lo que ocurrió recién con los cargos que la Superintendencia de Valores y Seguros hizo contra Sebastián Piñera. En vez de discutir sobre si lo señalado por la SVS es correcto o no, la conversación derivó a la motivación política de la autoridad (Piñera) o a la vinculación entre negocios y política (Concertación y UDI). Jamie Whyte señala que la dificultad en la Falacia de la Motivación consiste en que es tan común, se ha encarnado tan dentro de los discursos públicos y privados, que cuesta detectarla. Asociar por ejemplo adjetivos a determinados organismos, como el “centro de estudios de orientación izquierdista dijo tal y tal” o “el magnate financiero propuso bla,bla,bla” busca que lo dicho o propuesto sea visto a través del filtro del adjetivo, insinuando una motivación de izquierda o del dinero en los casos mostrados. El autor escarba en los vericuetos del lenguaje público y advierte sobre las palabras que sacan aplausos (Hooray Words). “Todos están a favor de la Justicia, pero pueden irse a las manos discutiendo qué es justo y qué es injusto. Lo mismo con las palabras Libertad, Paz, Democracia, Igualdad. En el otro sentido también hay palabras cargadas: Asesinato, Crueldad, Egoismo son ampliamente aceptadas como negativas. Sin embargo, la forma de matar otro puede discutirse si es o no un asesinato, y se puede alegar contra la crueldad pero enseñarle matemáticas a tu hijo a punta de coscachos, porque eso se considera disciplina”. Un ejemplo que cita Whyte de estas palabras para el aplauso es el discurso de Tony Blair sobre sus tres prioridades de gobierno “Educación, educación y educación”. Clap, Clap, Clap, dice Whyte, pero la clave en una democracia que permite escoger entre distintas personas, todas las cuales aspiran lo mejor para el país, “es tener una discusión política que se enfoque en los temas controversiales y diferentes que dividen a personas razonables”. Nota aparte merece su capítulo dedicado al uso de estadísticas. El sólo comienzo da apetito: “Las estadísticas son las armas químicas de la persuasión. Todo buen político y hombre de negocios sabe de lo que estoy hablando. Deja caer un poco de estadísticas en una conversación y los efectos serán visibles en un instante: se bren los ojos con admiración, las mandíbulas no pueden cerrarse y pronto todos estarán moviendo sus cabezas en asentimiento. No puedes discutir con los números”. El hecho es que sí se puede hacer y Whyte examina diversos casos aparecidos en la prensa británica, que van desde la relación entre padres e hijos que han fumado juntos marihuana, pasando por vacacionistas en España que declaran haber tenido sexo con españoles que no conocían, hasta el porcentaje de mujeres anoréxicas que el célebre Times de Londres dice que muere cada año. Muestras mal conformadas, uso contradictorio de porcentajes, sesgos de identificación de víctimas, confusión de términos matemáticos son algunos de las bases para que los números mientan o distorsionen flagrantemente la verdad.. Cuesta no verse representado en el libro de Jamie Whyte y quizás ese es su mayor mérito. Nadie que vive de las palabras tiene un zafe en estas páginas.