Carlos Peña y las imposturas

Carlos Peña en su columna del día domingo en Reportajes de El Mercurio retrata nuestra tendencia a falsificarnos, a raíz del caso de Catalina Depassier. Sí, la misma que dijo ser filósofa, pero que no lo era. La misma que actuó como una empresa que atenta contra el medioambiente, pero que dice realizar trabajo con la comunidad o resposabilidad social empresarial. La misma que actuó como los ciudadanos que usaban celulares de palo mientras hacían las compras en el supermercado, o los que hablan del calentamiento global mientras no dejan de usar el auto para ir a comprar pan, en fin, casos de imposturas sobran. Quizás es parte de la escasa capacidad de justificar nuestras acciones, primero ante nosotros mismos y luego hacia el entorno, por miedo al rechazo en una sociedad exitista y ávida de logros relacionados al consumo. Con esta columna el equipo de Antimedios se toma unas vacaciones hasta fin de mes. Muchas gracias a quienes visitaron el sitio durante el año y nos vemos en marzo. Saludos,

Imposturas El Mercurio/Reportajes Domingo 28 de enero de 2007

Catalina Depassier es sólo un pálido reflejo de esa tendencia nuestra a falsificarnos, a aparecer no siendo el que de verdad somos. Por eso entre nosotros hay liberales que se espantan con el divorcio, filántropos que ejercieron de comerciantes de armas, familias de inmigrantes que por arte de birlibirloque son descendientes de la nobleza europea.

CARLOS PEÑA

El problema de Catalina Depassier no fue la falta de profesión (después de todo, se trata de una carencia habitual en millones de nosotros que, no por eso dejan de ser personas inteligentes y estimables) sino la impostura. Si ella hubiera confiado en lo que era y no se hubiera dejado llevar por el deseo, tan frecuente, de ser otra que sí misma, de falsificarse, nada de esto hubiera ocurrido, no habría padecido ese desgraciado bochorno y el afán inquisitivo de la oposición (que al ejercerlo cumple, claro está, su deber) podría haberse destinado a ámbitos más fructíferos (ha de haber varios por ahí).

Pero la impostura, ese pecado de la imagen y de la suplantación, se interpuso.

Y no se crea que es nada más un pecado de funcionarios o de políticos.

Hace poco se hizo popular un libro en el que un par de científicos -físicos para ser más exactos- denunciaban, con espeluznante detalle la forma en que un montón de filósofos, psicoanalistas, intelectuales en suma, tipos como Jacques Lacan, Julia Kristeva y otros, nada menos, hacían amplio uso de fórmulas matemáticas aprendidas apenas y de hipótesis científicas cogidas al pasar para, de esa forma dotar a sus propios escritos de una fortaleza que en verdad no tenían. Denunciaban, en especial, esa tendencia a pasar de contrabando lo oscuro por lo profundo.

No sé, claro, si los físicos tenían la razón (en una de esas simplemente no eran capaces de entender a Lacan y lo que ocurría era que Kristeva les quedaba grande); pero no cabe duda que ese tipo de impostura o de prestidigitación intelectual abunda. También hay quienes hablan con el tono iniciático de una mala traducción de Heidegger y emplean jergas que en vez de comunicar, disfrazan.

Y para qué hablar de otras formas de impostura. La social entre ellas.

Entre nosotros sobran quienes simulan poseer un origen aristocrático o de minorías (como si el suyo fuera vergonzante) y hacen ingentes esfuerzos y transpiran por asimilarse a aquellos a quienes, de esa forma, atribuyen un valor que no son capaces de reconocer en sí mismos. Esta manera de la impostura se encuentra casi en el origen de todas las sociedades y es el sueño de cualquier mestizo: borrar las huellas, blanquear la piel y ser siempre de clase media. Son muchos los matrimonios de comienzos del veinte que intercambiaron dinero por origen y entre nosotros abundan los inmigrantes que, de pronto, y con el paso de los años, y como por arte de birlibirloque, resultan ser descendientes de la nobleza europea, personas cuyos antepasados se quedaron aquí por excentricidad y no por pobreza. Y hay también quienes agregan guiones a sus apellidos, los llenan de consonantes o los transforman en esdrújulos, para evitar que suenen con la sencillez de las eses.

Se encuentra también la impostura ideológica.

Entre nosotros abundan los liberales que pusieron el grito en el cielo y se persignaron una y otra vez cuando se trató de legislar sobre el divorcio; sobra la gente de izquierda que arrisca la nariz frente a la expansión del consumo; y hay muchos sacerdotes que visten trajes a medida y que, mientras se alisan la solapa, proclaman la pobreza como una bendición.

Y para qué hablar del lenguaje. El eufemismo es una forma de encubrir los conceptos que, en nuestro medio es casi un automatismo.

Durante muchos años los desaparecidos eran "presuntos", las torturas "excesos", los crímenes a mansalva "enfrentamientos" y la dictadura un "régimen autoritario".

Y existe entre nosotros quien fue fabricante de armas (una profesión como cualquier otra) y poco a poco, y a punta de filantropía y de financiamiento de campañas, se ha convertido en un modelo de comportamiento y en una víctima a vista y paciencia de todos. El asunto no tiene, por supuesto, nada de malo, puesto que todos cambiamos y todos nos redimimos, salvo la impostura.

La misma impostura que ahora reprochamos a Catalina.

Por eso Catalina Depassier sólo es un pálido ejemplo de esa tendencia nuestra a falsificarnos, a suplantar nuestro ser más propio y más íntimo, a convertirnos en una máscara de lo que en verdad somos.