Placer culpable

Hace unos días vi el documental "Ángeles Negros" de la dupla Bustos-Leiva, los mismos que hicieron "Actores Secundarios". Notable y recomendable. En el documental sobre una de las mejores bandas de música chilena (Los Ángeles Negros), aparece una entrevista a Jorge González (Los Prisioneros). Allí, González dice que el término "placer culpable" fue un mal concepto inventado por los "cuicos" cuando les da verguenza asumir que de verdad les gusta, por ejemplo, Yuri, Camilo Sesto, Hernaldo, Rafael, entre otros. Lo que antes consideraban como "chulo", ahora lo ven como "placer culpable". Para González o te gusta o no te gusta esa música y ese sonido, pero no pueden existir cosas a medias y definirlas como placer culpable. En política puede pasar algo parecido. O te gusta Lavín o no te gusta. Lo mismo con Piñera, Bachelet y el colorín Zaldivar. En fin. Por esto el asesor del 2do piso de La Moneda, Francisco Javier Díaz (Abogado y Msc en LSE), se manda este gran artículo publicado en el último número de Qué Pasa: los placeres culpables en política. Desde Sarkozy, pasando por Reagan y Fidel. Nadie se salva a nivel mundial. ¿Y en Chile? uno podría hacer algunas afirmaciones. Como que a los empresarios les encanta el estilo del ministro de Hacienda Andrés Velasco, su vida en EE.UU. y sus títulos académicos, pero saben que los chilenos en general no lo conocen y ninguno de ellos votaría por él. Lo mismo con Sebastián Piñera, que cuando trata de ser popular se cae usando una camisa Polo. Si bien las señoras en La Vega se sacan fotos con él,  tampoco le darían su voto. El artículo de Díaz hace que uno no comparta la crítica de Jorge González a los que inventaron el término placer culpable, porque de verdad existen los placeres culpables. Si al final los chilenos nos volvimos locos viendo a Michelle Bachelet arriba de un tanque, pero ahora la criticamos como presidenta. Todos esperan que Sebastián Piñera haga navegable el Mapocho, pero nos aterra que sea presidente. De la misma forma como gozamos con el Festival de Viña, que al final lo vemos cuando decimos que nos carga. Puros placeres culpables y placeres políticos. Por nuestra gran culpa, somos chilenos culposos. Arturo Arriagada I.

Revista Qué Pasa Edición sábado 2 de febrero de 2008 Placer culpable "Todos mis empresarios aman a Lagos", decía Hernán Somerville. La inmensa mayoría del empresariado no votó por Lagos. Peor aún, le temían e incluso lo denostaban antes de que fuera presidente. Pero Lagos terminó transformándose en un placer culpable para ellos y gran parte de la derecha chilena. Políticos por los cuales uno no votaría, que se encuentran al otro lado del espectro, pero que sin embargo atraen, cautivan y uno gusta de verlos o escucharlos. Como todo placer, los motivos de satisfacción son diversos. Como el chocolate o el licor, ninguno hace muy bien. No calzan con lo que uno piensa. No creen lo que uno cree. Pero generan algún tipo de atracción que hace observarlos con remordimiento y algo de envidia. Va aquí una lista de los placeres culpables para un progresista.

Por Francisco Javier Díaz.

Nicolas Sarkozy. El placer del glamour político

La derecha dice que admira a Sarkozy porque ha reivindicado sus ideales. Porque ha asumido su discurso sin complejos. Porque habla de la desregulación, del emprendimiento, de la globalización, de la modernidad. Mentira. En realidad lo admiran porque el tipo es bacán. Cuando la política en Chile es como la farándula de los feos, que aparezca un político exitoso, con el glamour que sólo el Viejo Mundo puede brindar, es algo irresistible. Sarkozy reafirma que política y onda no son necesariamente antónimos. Quedará para siempre su imagen en el golfo de Aqaba, de la mano de Carla Bruni, jeans Armani y camisa Polo verde botella, soberbio, canchero, seguro de sí mismo y de la belleza de la modelo que toma su cintura. Pero a mí no me va ni me viene todo eso. Me quedo con el discurso de Sarkozy que pocos valoran, por el cual entra en mi ranking de placeres culpables: la importancia de la política, de la buena política, en un mundo donde abundan los que intentan ganar votos a costa del desprestigio de la actividad.

Ronald Reagan. El placer de la TV

Crecí viendo a Ronald Reagan por televisión. Por alguna razón, asociar Reagan y Coca Cola me resultaba algo automático. El gran comunicador, que lograba que un niño de 9 años simplemente no pudiera dejar de creer en sus buenas intenciones. Si bien la televisión ya había sido descubierta como herramienta política en la década del 60 -desde JFK en adelante-, lo cierto es que su utilización sistemática, el uso del guión en vez del discurso, del sound bite en vez de la metáfora, no era parte del menú habitual de los políticos. En televisión se dice y se muestra lo que uno quiere. Reagan prometía paz mientras Estados Unidos se armaba. Reagan prometía democracia mientras Estados Unidos apoyaba golpes y dictaduras. Reagan prometía transparencia mientras Estados Unidos vendía armas a las insurgencias. Pero la gente lo apoyaba. Reagan, para la gente, era distinto de su gobierno. La gente quería creer que era posible volver a los valores de los dorados fifties, aun cuando ellos mismos no practicaban esos valores. El poder de la televisión en manos de un tipo magistral en ese rol.

Fidel Castro.El placer de la retórica

"Con la razón, con la razón, con la razón; con la verdad, con la verdad, con la verdad; con la moral, con la moral, con la moral". Es parte de un discurso de Fidel Castro en Chile, en 1971. ¿Qué dijo? No sé bien, supongo que la importancia de la razón, la verdad y la moral. Pero pucha que lo decía bonito. Fidel es el gran placer culpable de la centroizquierda mundial. Hace cosas que uno no haría. Pero atrae por su inteligencia y el espacio donde ésta mejor se expresa, en la retórica. El mejor orador que he conocido. Y si la política se hace centralmente con palabras, ¿cómo no incluirlo en esta lista?

Helmut Kohl. El placer de la verdad

No hay placer más grande que escuchar a una persona de derechas criticando a la dictadura chilena. Helmut Kohl nos dio ese gustito en Valparaíso, cuando el Congreso en pleno se reunió para escucharlo en 1991, provocando que una parvada de sorprendidos parlamentarios de la Alianza se levantase de sus asientos para insultarlo y retirarse de la sala. Si bien Kohl en Chile califica más bien como centrista, lo cierto es que si yo votara en Alemania, lo haría por los socialdemócratas y no por él. Por eso el placer culpable de aquella ocasión, que recuerdo nítidamente como una de las mostradas de hilacha más grandes de que se tenga memoria en la política chilena. ¡A quién la hai ganado, gringo de mierda!, le gritaban los furiosos parlamentarios derechistas a Helmut Kohl, el gran canciller, el de la unidad alemana, el de los libros de historia.

Silvio Berlusconi. El placer de la política espectáculo

Conocí a Berlusconi en abril del año 2000 -en realidad lo vi de lejos-. Fue en medio de la campaña municipal que ganaría finalmente la derecha, como primer paso para obtener el gobierno pocos meses después. El límite legal de gasto electoral era muy estricto, pero Berlusconi encontró un resquicio: gastos de traslado. Se arrendó un crucero majestuoso, entero blanco, elegante y moderno; subió arriba a decenas de modelos, artistas, orquestas, magos, payasos, tigres y elefantes. Recorrió desde el Tirreno al Adriático. Puerto por puerto, donde recalaba, hacía campaña, montaba un show, fuegos artificiales, apoyo al candidato a alcalde, subía anclas y se iba hacia otro puerto. Me tocó vivir esa campaña en Nápoles y quedé asombrado con Il Cavalieri. Era una campaña abrumadora, viva, estremecedora. Placer culpable dejarse llevar por la política espectáculo, sentir la política espectá culo y gritar a todo pulmón ¡Forza Italia!

Carlos Larraín. El placer de la ironía

Cuando el presidente de Renovación Nacional declaró hace poco que la idea de Sebastián Piñera acerca del Nuevo Trato era "más conocida que el camino a Viña", terminó por ganarse un lugar en el ranking de placeres culpables. Carlos Larraín nos provee casi a diario de las mejores ironías que se puedan escuchar por estos lados. Divertido, rápido, asertivo, es el Coco Legrand de la política chilena. Incluso cuando sus palabras hieren al adversario, no deja de ser un placer escucharlo. En una derecha donde abunda el uso abusivo del adjetivo calificativo, donde todo es "brutal", "descarado" o "vergonzoso", donde cualquier tema es un "escándalo" y la pacífica alternancia es un fiero "desalojo", Carlos Larraín nos deleita con el buen uso del lenguaje, dichos de campo y ciudad, mucho humor y una buena cuota de autocrítica.