Adios a la realidad

Se tiende a creer que son los medios de comunicación los que construyen por sí mismos una realidad, pero lo cierto es que los gobiernos pueden dar buen o mal uso de esa herramienta para comunicar sus logros. Los casos de Yasna Provoste y el hospital de Curepto -especialmente este último- reflejan el mal manejo comunicacional del gobierno. Cuando los medios actúan como filtros de la realidad, la habilidad de un gobierno se mide por su capacidad para superar esos filtros y comunicar sus mensajes. Otra cosa es cuando se inventa una realidad para darla a conocer a través de los medios. Lo mismo que inventar la existencia de un hospital para mostrar que el gobierno hace bien su pega. ¿Esa es la realidad de la política comunicacional del gobierno? En esta columna publicada ayer en Reportajes de El Mercurio, Carlos Peña cuestiona la realidad, la misma que tiene a la gente desencantada de la política. Arturo Arriagada

Adiós a la realidad El Mercurio/Reportajes Domingo 20 de abril de 2008 CARLOS PEÑA

Esta semana la política mostró su lado mínimo. Ese que nos hace desconfiar de que valga la pena. Para advertirlo basta recordar lo que ocurrió en el Senado.

Camilo Escalona, en vez de hacer un discurso, hizo aspavientos y se agitó tanto que, por un instante, la política se confundió con la epilepsia; Carlos Bianchi, con ese aire fatuo que a veces adopta el vacío, declaró que él no estaba allí para darle la mayoría a nadie y luego se la dio a la derecha; Andrés Allamand se vistió de anteojos reflexivos y elaboró, con el mismo énfasis de siempre, por enésima vez su enésima tesis; Fernando Flores miró la nada, inclinó levemente la cabeza hacia su lado derecho, habló del futuro y siguió mirando la nada; Iván Moreira, citando incisos y doctrina y enumerando deberes, hizo de jurista; Jaime Guzmán, redivivo en el debate, fungió de autoridad para lado y lado; Zaldívar, como siempre, creyó que para ser solemne basta con poner mirada inquisitorial; y la ex Ministra Provoste, al momento de ser despedida, enjugó unas lágrimas, agitó un pañuelo de cuasimodo en el aire e hizo con los dedos la V de la victoria confirmando así que, después de todo, y con tamaño sentido de las formas, no estaba del todo mal su retiro.

La escena -todo este asunto ha sido eso: una escena- acabó en La Moneda en una celebración. Cenas, brindis, aplausos, promesas, desagravios, abrazos, palmoteos. Como quien despide a un compañero de trabajo víctima de abuso.

Nada de esto, para qué estamos con cosas, es razonable y la culpa la tiene ante todo el Gobierno. Es cierto. La acusación constitucional vino de la derecha; pero los motivos para hacerla plausible -el desorden atroz, la renuencia a despedir al Seremi, las malas explicaciones, la exasperante porfía de la Ministra por mantenerse en el cargo y el inexplicable compromiso emocional de la Presidenta- no vinieron de la derecha sino del Gobierno.

Así entonces nada de qué quejarse.

En política, como en la vida, cada uno hace lo suyo y buena parte de lo que a uno le pasa, cuando uno mira para atrás, es por propia culpa. Es lo que los hindúes llaman karma. Algo así como la causalidad. Y no hay ningún ámbito donde el hinduismo tenga más razón -nos enteramos esta semana- que en política.

Después de todo -repitámoslo para que no se repita- hubo desórdenes sostenidos por años en Educación; a esos desórdenes se les enfrentó con lenidad; al Seremi de entonces se le trató con una deferencia inexplicable; la Ministra dio por zanjado en el Congreso un asunto que apenas comenzaba; cuando la crisis se desató todos se empecinaron en que no existía; y una vez que la acusación era inevitable, el Gobierno abrazó a la Ministra como si en ello se fuera su propio éxito.

Todo mal.

Al aferrarse a la ex Ministra Provoste el Gobierno hizo lo peor que uno puede esperar de un gobierno: convertir los afectos en un principio ético. Si eso que Weber llamaba ética de la convicción (sacrificar todo a dos o tres principios sin medir las consecuencias) es politicamente torpe, hacerlo por los afectos de última hora simplemente no tiene ningún sentido. La política -fue el gran olvido de estos días- no es ni para salvar el alma en el más allá ni para tener amigos en la vejez.

Por eso, después de asistir a las escenas de esta semana, uno entiende el simulacro que se ejecutó en el Hospital de Curepto. Cuando todos son afectos y adhesiones emocionales y palmoteos, el principio de realidad se estropea y por momentos cualquier cosa es posible: hasta alegrarse por un hospital que no existe.

Finalmente la gente se comporta con uno a la altura de las expectativas que uno mismo desató.

Y es que hay que releer a Freud.

Cuando tenía ochenta años -el cáncer ya había consumido parte de su mandíbula- escribió que el psicoanálisis parecía "la tercera de esas empresas imposibles en las que uno puede estar seguro de antemano de no alcanzar resultados satisfactorios. Las otras dos, que se conocen desde hace mucho tiempo, son la educación y el gobierno".

Por estos días uno tiende a encontrarle toda la razón a Freud. Toda la razón.