Monitoreo a las redes sociales

El gobierno entregó el primer informe donde detalla el monitoreo que está realizando a lo que se conversa en las redes sociales. Sería interesante saber en el informe el total de gente cuyas conversaciones han sido monitoreadas, al igual que las fuentes (redes sociales) desde las cuales se mapean dichas conversaciones. Cabe destacar el trabajo de la fundación Vota Inteligente para solicitar vía ley de acceso a información pública estos datos.

Acá se puede descargar el informe: http://bit.ly/px5SaU

Lo interesante del monitoreo del gobierno a las redes sociales tiene que ver con preguntas que van más allá de la privacidad. También sobre qué entiende el gobierno por ciudadanía y la deliberación sobre los asuntos públicos. Lo del gobierno no es novedad, el monitoreo ya existe en otras dimensiones de la vida cotidiana (cuando compramos en un supermercado o ponemos "me gusta" en Facebook).

Acá adjunto una breve reflexión acerca del monitoreo del gobierno a las redes sociales.

La vida de los otros

Arturo Arriagada

La decisión del gobierno de monitorear lo que las personas hablan y comparten en las redes sociales plantea más preguntas que la mera sensación de invasión a la privacidad que ha circulado en diversos artículos. El gobierno cometió un error comunicacional por la forma en que dio a conocer su interés. No puede ser que algo que ocurre diariamente y con distintos fines -comerciales e incluso académicos- sea tan mal recibido por una parte de la ciudadanía. Aunque al mismo tiempo, el gobierno plantea una serie de distinciones que dan cuenta de las bondades y riesgos de ser ciudadano en la era digital.

Sin querer -y de pura casualidad, porque de lo contrario sería un gran logro para un equipo que hace rato no mete goles- el gobierno planteó una serie de preguntas bastante más profundas que el interés de "escuchar a la ciudadanía". Éstas tienen que ver con las transformaciones que nos han llevado a hacer visible nuestra intimidad, lo que hasta hace poco considerábamos como privado. ¿En qué momento empezamos a compartir nuestras vidas con el resto? ¿Cuándo cruzamos esa frontera que divide la vida privada de la pública? ¿Por qué, en un espacio intangible como es Internet, damos a conocer cosas que nos importan? Así desfilan en las redes sociales las fotos de matrimonios, nacimientos, ceremonias privadas y celebraciones, junto a gustos personales, preferencias políticas y de consumo. Entre esa abundancia de intimidad expuesta ante los ojos de quien se anime a explorarla, también aparecen comentarios sobre el gobierno.

Sin ánimo de caer en el fetichismo tecnológico, que le atribuye a las redes sociales cambios drásticos en nuestra forma de relacionarnos, sí es posible afirmar que con ellas hemos podido expandir nuestro interés por interactuar con los otros. Ya sea para fines políticos, laborales, de entretención, de mera expresión, consumo y colaboración, las redes sociales aparecen como espacios afines de ser apropiados y socializados. En algún momento nuestras disposiciones hacia la sociabilidad pública digital -sin muchos filtros ni candados- nos llevaron a tomar la decisión de abrir una cuenta en una red social. Empujados principalmente por la mediatización de la vida privada de las personas -ese momento en que la intimidad, sea la del presidente de la república, el imitador de un cantante, el actor o actriz de turno o la aspirante a modelo pasó a ser una noticia, un reality, un programa de radio, un podcast o un video en YouTube-, además del acceso a la tecnología -guiados por una serie de discursos y posibilidades que promueven las ventajas de estar en Internet- entramos en la sociabilidad digital. En este contexto de mediatización de la vida íntima y el fácil acceso a la tecnología, el interés del gobierno por saber lo que piensa la gente no es más que el paso lógico en ese proceso de publicitar la vida privada y que entre todos estamos construyendo. Por lo mismo, cuesta entender el espanto o la preocupación que genera el monitoreo, cuando hace rato que venimos poniendo a disposición de quien quiera -con algunos filtros más que otros- nuestra intimidad.

Privacidad y letra chica

La privacidad se relaciona con el control de una situación social, además de la capacidad de agencia de un individuo, es decir, su libertad para elegir y actuar, sin sentirse obligado o determinado por factores estructurales. Es este paradigma el que ha guiado la discusión de investigadores como Danah Boyd de la universidad de Harvard. Para ella no es lo mismo controlar una situación que una tecnología. Controlar la tecnología -entendido como la posibilidad de aumentar la privacidad en mi perfil de Facebook o en Twitter- es distinto a saber quién está mirando qué en mi perfil. Las redes sociales nos enfrentan a esta última falta de control, el control social. ¿Dónde están los límites y normas para que los individuos que son parte de las redes sociales puedan tener y ejercer ese control social? ¿Existe sólo con la posibilidad de denuncia de un contenido inapropiado, por ejemplo? Para Boyd, en espacios públicos las personas intentan activar mecanismos para controlar esas situaciones creando espacios de intimidad -como susurrar en público con otros-. Eso implica saber y tener el control sobre las posibilidades para crear un espacio de intimidad. En relación a la capacidad de agencia de los individuos, Boyd plantea que la privacidad no es solamente restringir el acceso a un contenido o a una situación, "es tener una sensación de control sobre la información, su distribución, e interpretación". Las disputas entre Facebook y los usuarios de esta red social son un ejemplo en relación a la privacidad del contenido y lo que se hace con él en ese espacio.

Las redes sociales son un híbrido entre espacios públicos y privados, pero con letra chica. Aunque han tendido a autorregularse en la medida que los usuarios han sentido amenazadas su privacidad y los derechos de propiedad del contenido que allí exponen, la letra chica permite que, por ejemplo, cierta información de esos usuarios se utilice para vender publicidad y sostener el negocio de quienes las crean. De esta forma, Facebook o Twitter se convierten en centros de poder simbólico y económico que almacenan grandes volúmenes de información, en marcas cuyo valor simbólico y monetario crece en la medida que aumenta el número de usuarios con sus correspondientes apropiaciones de esas tecnologías. Así emerge una ecuación cuyos resultados hasta ahora son desconocidos, aunque no sus elementos. Por ejemplo, las ganas de los usuarios de exponer su intimidad frente a otros, la creación de valor en torno al perfil de esos usuarios, el interés de empresas por saber cómo se comportan esos usuarios-consumidores, y el del mismo gobierno por indagar en las opiniones los usuarios de redes sociales acerca de su desempeño. En este contexto, el monitoreo del gobierno no es muy distinto al que ya hacen Facebook o Twitter con nuestra información. Ambas redes sociales monitorean las acciones de cada uno de sus usuarios y con ello generan ingresos. El gobierno, a través de su licitación, está haciendo lo mismo que hacen empresas intermediarias que analizan la información que ya ofrecen las redes sociales. De igual forma como los supermercados tipifican los hábitos de un consumidor a través de "puntos" canjeables en dinero y códigos de barra. Con el monitoreo y las redes sociales, la forma como se entiende y practica la política se analiza de la misma manera como las personas compran en un supermercado.

¿Quién quiere ser ciudadano?

Ahora bien, lo preocupante del interés del gobierno por escuchar a las personas en entornos online, es precisamen te qué entiende el gobierno por ciudadanía, es decir, los valores, símbolos, experiencias e imaginarios que le dan sentido a la acción política. ¿Es ciudadano aquel que tiene más seguidores en Twitter o en Facebook? ¿El que plantea más temas de interés para el gobierno o el que habla de sus gustos particulares? ¿Qué pasa con los intereses de quienes no tienen cuentas en las redes sociales? Es relevante como el uso de redes sociales redefine el concepto de ciudadanía, especialmente cuando a través de estas herramientas, las personas pueden manifestar opiniones, ampliar sus fuentes informativas y seleccionar información -pero lo más importante- sentir que pueden contribuir a generar cambios ante situaciones que consideran adversas (pensemos en movimientos sociales), como también el intercambio de ideas y opiniones con otros. Está claro que las prácticas que definen al ciudadano análogo, como el voto en elecciones y la información/discusión sobre los asuntos públicos a través de los medios masivos, han evolucionado con la incorporación de las redes sociales. Aunque los problemas como la calidad de la educación, la participación política, el rol del Estado y el mercado son los mismos, con o sin redes sociales. Con estas herramientas, la comunicación, organización y participación de las personas en los asuntos públicos, abren una nueva dimensión a lo que se entiende por "ser-ciudadano" en la era digital.

En Chile quienes usan las redes sociales -como Facebook y Twitter- son aquellas personas de nivel socioeconómico medio-alto. En el caso de los jóvenes chilenos, el uso de medios digitales y el consumo de información a través de esas plataformas, está fuertemente asociado a la participación política y social, lo que da cuenta de una nueva forma de practicar y entender la ciudadanía. Aunque los jóvenes no voten, es entendible que un gobierno quiera saber qué dicen aquellas personas más interesadas de participar en los asuntos públicos a través de las redes sociales. Lo que no se entiende es qué va a hacer el gobierno con esa información, cómo va a categorizar conversaciones, a quiénes les dará importancia -al usuario que tiene 10 seguidores o al que tiene 100 mil-, y de qué manera va a contextualizar esas opiniones con la vida cotidiana de esas personas en el mundo offline. Así también cómo se va a publicitar esa información. De poco y nada le sirve al gobierno analizar conversaciones aisladas en el mundo online sin los contextos offline de las personas que las llevan a cabo. Al ser poco claro respecto de qué entiende por "ciudadano", el gobierno volvió a poner en la agenda el tema de la desigualdad. Cuando todo es público en el espacio online, el monitoreo explicita la distinción respecto a qué le interesa observar en ese espacio y a quiénes considera para hacerlo. De igual forma, tal como el gobierno anunció su interés de analizar lo que dicen los ciudadanos sobre su desempeño, también debiera fomentar campañas educativas en torno a la integración digital y así disminuir la brecha entre quienes tienen acceso a estas plataformas y aquellos que no. Monitorear las redes sociales es una señal de interés por saber de qué hablan quienes las utilizan. Por lo mismo, el gobierno puede fomentar la capacitación a usuarios en el uso de redes sociales, la privacidad y publicidad de los contenidos que se comparten. También puede generar espacios de diálogo similares a las redes sociales y no necesariamente de forma digital. Por más aspiracional que sea el gobierno con la idea de país desarrollado -si quiere saber lo que dicen los ciudadanos digitales- también tiene que generar instancias para escuchar a los análogos.

El gobierno planteó más preguntas sobre la privacidad que aquellas relacionadas con su mera invasión. El monitoreo habla del interés por saber qué se discute en espacios online, pero también acerca de qué significa ser ciudadano, cómo se ejerce la ciudadanía en esos espacios y sus consecuencias en los asuntos públicos. Ahora bien, este interés del gobierno también da cuenta de las diferencias sociales que se trasladan del entorno offline al online. Hay que asumirlo, no hay nada nuevo en el interés del gobierno. Lo que ahora se entiende por monitoreo se hace de distintas formas y en diversos ámbitos de la vida social. La novedad está en la pregunta invisible que sin querer visibilizó La Moneda con una licitación y una empresa que respondió a esos requerimientos. Una pregunta en relación al momento en que la vida íntima -en los medios online y offline- se convirtió en la vida de los otros.