Redes Sociales y Experticia Ciudadana: nuevas formas de hacer política (Martín Tironi & J.C Hermosilla)

(Publicado en Diario 30)

En el último año y medio hemos sido testigos de una revitalización de las manifestaciones ciudadanas, sin precedentes desde la vuelta a la democracia. Los movimientos de rechazo al proyecto Hidroaysén, las protestas de los “ciclistas desnudos”, las demandas de los pueblos originarios, de la comunidad homosexual, las comunidades afectadas por el terremoto y actualmente de los habitantes de Aysén, son algunos ejemplos de una ciudadanía cada vez menos conforme con el establishment.

Pero son sin duda las manifestaciones convocadas por los estudiantes las que más fuerza desplegaron, alcanzando convocatorias históricas y acaparando la atención de la prensa nacional e internacional. No solo han desestabilizado a los políticos y sus gestiones —llegándose incluso a hablar de “crisis de gobernabilidad”—, sino también a los intelectuales y sus herramientas analíticas.

Si bien no con la misma rapidez y creatividad que las manifestaciones sociales, es notable observar cómo la esfera pública se ha venido llenando de una suerte de “sociología de la participación ciudadana”, elaborada por periodistas, políticos, sociólogos y expertos de todo tipo, entregados a desesperados intentos por “enmarcar” las movilizaciones estudiantiles, por darles un contexto. Hace tiempo que no se veía tanto interés y pasión de parte de nuestras elites, por comprender las causas y el carácter de las movilizaciones, sus morfologías y demandas, sus motivaciones y orígenes.

Las protestas han despertado no solo el apetito de la ciudadanía por participar de la vida pública y el destino de nuestro país, sino también el afán de los expertos por definir y estabilizar esta ola de expresiones colectivas. Nadie ha quedado indiferente a la pulsión por explicar la masividad de los movimientos sociales, sea para minimizar sus impactos o para enfatizar el momento histórico que estamos viviendo.

Esquemáticamente, ¿qué se ha dicho sobre las movilizaciones en cuestión?

Están, por una parte, lo que postulan que Chile está entrando a un “nuevo ciclo” de manifestaciones. Las reivindicaciones actuales no tendrían nada que ver con las protestas ocurridas hace diez o veinte años atrás. Las expresiones públicas de los últimos años se enmarcarían en un contexto de demandas “pos-materiales” (como lo describiera Alain Touraine en los años 60 para Francia), que ya no reposan en proyectos de trasformaciones estructurales, sino sobre issues o temáticas puntuales. Los movimientos de estudiantes, de minorías sexuales, las demandas ecológicas, o regionalistas, etc., son ubicados en esta categoría de demandas, propias de sociedades política y económicamente estables como la nuestra, donde las necesidades “duras” vinculadas a la subsistencia dan lugar a las demandas “blandas” ligadas a la realización personal de los individuos. Esta sería la interpretación “sociológica” (mayor desarrollo de un país = mayor participación ciudadana) de los denominados “nuevos movimientos sociales” y subyacente a varias de las interpretaciones que han circulado este último tiempo.

Una segunda interpretación dominante acentúa la explicación “económica”. La intensificación de las manifestaciones ciudadanas obedece a una crisis del modelo neoliberal de crecimiento, basado en el lucro, la ampliación del mercado y el acceso al consumo. Las manifestaciones reflejarían un malestar profundo frente a la “sociedad de consumo” y a la desigualdad social imperante. Es el deseo por un sistema de desarrollo más justo y solidario lo que estaría generando el ímpetu de la población por salir a las calles. Bajo esta mirada, las recientes reivindicaciones estudiantiles por un sistema de educación estatal, gratuito y de calidad, reflejarían el abierto rechazo a este modelo de inclusión vía mercado y la necesidad por moralizar y regular la economía. Se aspira, entonces, a que los individuos sean tratados como ciudadanos, como sujetos de derechos, y no como simples consumidores.

Finalmente encontramos interpretaciones de factura más “política”. Las protestas recientes se explicarían por los problemas de legitimidad que enfrenta nuestro sistema político. Las renovadas expectativas de igualdad de la ciudadanía se ven frustradas frente a un sistema binominal incapaz de satisfacerlas y a un Estado que ha visto reducidas sus atribuciones de protección de los derechos sociales a partir de la década de los 80, con el ingreso de las políticas neoliberales. Las demandas sociales serían, en definitiva, el correlato de una crisis de legitimidad del sistema representativo chileno y una interpelación a la restitución de un Estado más democrático.

Ahora bien, y más allá de sus diferencias, las interpretaciones señaladas tienen algo en común: tienden a reducir la emergencia de expresiones colectivas a grandes factores externos (sociedad pos-material, crisis modelo neoliberal y problemas del sistema político), perdiendo de vista el material inédito que ellos traen.

Escuchemos a los movimientos sociales, no los expliquemos

No se trata de rechazar de antemano las interpretaciones “sociológicas”, “económicas” y “políticas” de los movimientos sociales, ni menos de proponer otra interpretación aún más globalizante. Cada una de esas explicaciones complementa a las otras y, en conjunto, arrojan pistas para entender la naturaleza de las demandas sociales.

Pero aquí intentaremos desarrollar otra entrada al fenómeno, un enfoque que desde su interior dé cuenta del funcionamiento de los movimientos en curso. Esto implica interrogarse sobre cómo actúan estos movimientos, sobre sus instrumentos y modalidades de acción, sobre las formas en que gestionan sus capacidades y compromisos. Se trata de cartografiar otro tipo de factores —menos generales y más microscópicos, probablemente— que se ponen en escena en los modos de hacer política de hoy en día. No queremos revelar las fuerzas subterráneas que empujan a estos colectivos a actuar, sino, mucho más humildemente, interrogarnos por cómo actúan. Para ello será necesario suspender, por un instante, las grandes retóricas moralistas sobre los movimientos sociales y mirar con atención cómo ejecutan y se encadenan sus acciones.

Tecnologías de participación

Pinchen este link y súmense a la marcha de mañana en defensa de …

¿Qué son las tecnologías de participación? Básicamente son lugares, instrumentos, redes por donde pasan y se hacen “colectivos” de distinta índole. El “pinchen este link” no hace la causa de Aysén, pero sí la formatea, pone imágenes asociadas a la causa, una estética, y probablemente traspasa contenidos consustanciales al movimiento. Lo inédito de las reivindicaciones sociales actuales no está solo en las causas que los congregan (derecho a la educación, ecología, minorías, descentralización, etc.), sino también en las tecnologías que se imbrican, empalman y equipan a estas causas.

Muchos artículos han destacado el rol de las redes sociales en los movimientos estudiantiles, subrayando su función en el traspaso de información y organización. Estas interpretaciones consideran las tecnologías como un factor exterior a los grupos, como simples prótesis o herramientas. Desde esta mirada, el rol de las tecnologías son consideradas como una mera ilusión de participación, porque lo que impera en este mundo es la imagen efímera, no el contenido reflexivo; la emocionalidad superficial, no la racionalidad habermasiana; las consignas y no las propuestas.

No obstante, esta mirada nos parece reductora: las tecnologías de participación cumplen un rol performativo en los movimientos sociales, forman parte de él, dándoles vida, solidificando y robusteciendo sus contenidos. Hoy los movimientos hacen las redes sociales, como simultáneamente las redes sociales hacen los movimientos.

Las masas de personas marchando por las calles son el resultado final de un trabajo previo y orquestado a través de herramientas como Facebook, Twitter y diversos blogs de información y comunicación. Gracias a las herramientas que posibilita el mundo de Internet, los movimientos sociales alcanzan conocimientos y una notoriedad que les permite rivalizar de igual a igual con expertos e involucrar a todo un país en los temas en debate.

Lo que es político ya no está definido a priori; entra en un campo de disputas ampliando los límites del espacio público acostumbrado, de manera que hoy conviven la “calle” y la “red”, y se hacen simultáneos el “muro” de Facebook, la “pancarta”, la “marcha” y los “cacerolazos”, con la cadena de e-mails y los videos en YouTube. Inéditos ensamblajes técnico-políticos están redefiniendo la gramática de la política y los “territorios” de lo público. Calle y red se complementan en búsqueda de un Chile más justo, y al parecer, aquella cultura dócil y complaciente de antaño empieza a quedar atrás frente a nuevas formas de hacer política.

Estas “tecnologías de participación” transforman Internet en un “laboratorio político” de co-producción de información y opinión. Las causas públicas son formateadas y traducidas por el lenguaje hiperlink o YouTube. Es allí donde se fabrican las prácticas del “ciberciudadano”, donde se elaboran los recursos y competencias críticas.

El despliegue creativo de la contraexperticia

Usando Google Earth calculé la superficie de la marcha de hoy. Son 84.700 m2. Y estaba LLENO. Según los datos de Carabineros, había 100.000 personas, o 1.1 p/m2. O sea, mentira. Si usamos 3 p/m2, 255.000 marcharon hoy por la Alameda como MÍNIMO.

Esta es una cita textual de un cálculo realizado por un usuario de Facebook común y corriente. No contento con la información entregada por las autoridades sobre el número de personas que participó en una de las marchas por la Educación durante el año pasado, el internauta elaboró sus propias indagaciones para mostrar nuevas pruebas que señalan que el tamaño de la manifestación pública era más grande que la cifra entregada oficialmente.

Este tipo de operaciones refleja otro elemento central de estos movimientos: su extraordinaria capacidad de desarrollar una sofisticada contraexperticia. Los usuarios pueden lanzarse en verdaderas travesías tras datos e informaciones que contradigan al “saber oficial”, y que encuentran en la experiencia personal, la evidencia internacional u opiniones subidas por otros usuarios. Temas muchas veces técnicos logran ser vulgarizados por medio de blogs, videos y cadenas de mails, generándose un auténtico contrapoder que, distribuido en la red, se amplifica hasta alcanzar repercusiones globales (un ejemplo claro de esto es el video de YouTube “Voces Globales por la Educación Pública”).

No puede afirmarse que los movimientos sociales se muevan solamente por la fuerza de la pasión y la voluntad o —como algunos han sostenido en un intento de bajarle el perfil a estas reivindicaciones— por el inconformismo e irreverencia pasajera “tan propia de la juventud”. Lo que hay, más radicalmente, es una enorme capacidad de producir conocimiento crítico a través de las múltiples competencias de los participantes de las redes sociales. Se trata de un modo mucho más colaborativo, abierto y distribuido de producir saber, que no se rige por el establishment académico ni científico, sino por la capacidad del “ciberciudadano” de trasmitir en el momento adecuado el mensaje correcto. Es una verdadera “inteligencia colectiva” la que se pone en acción en estos “laboratorios políticos”. En oposición al saber cerrado de centros de estudios y think tanks, las redes sociales participan en la elaboración de conocimientos de manera abierta, generando nuevas formas de aprendizaje o autoaprendizaje entre públicos diversos. Es un saber más democrático que circula en las redes, que no se limita a las fuentes tradicionalmente catalogadas de “científicas” y se abre a un diálogo con los conocimientos adquiridos en el vasto mundo de Internet. Cada participante de estas nuevas tecnologías pasa a ser un nodo en una enorme red donde la información se traspasa de forma horizontal, sin jerarquías. Nadie exige diplomas particulares para “subir” información en Facebook sobre la mala calidad de la educación en Chile: lo que prevalece en estas redes es un espíritu mucho más experimental, donde el conocimiento vale más por sus efectos y su capacidad de colaborar al debate que por su estatus “universal” Un ejemplo reciente de lo anterior, es la proliferación de videos sobre el problema de Aysén: estos no sólo han permitiendo visibilizar y transmitir mensajes de forma masiva, sino también generar una alta adhesión a su causa.

Lo que ocurre en las redes y en la red es, así, una contraexperticia que no busca “purificar” el conocimiento, sino ponerlo en acción, haciéndolo circular y poniéndolo al alcance de todo aquel que quiera participar. Cada usuario-actor “filtra” la información recibida en sus “cuentas” y, según su relevancia, puede mantenerla en circulación en su “muro”, Twitter u otro espacio virtual, “posteando” o no el contenido informativo. Los usuarios de estas tecnologías pasan a ser auténticos “editores” de información.

Otro ejemplo claro de estas competencias es el despliegue creativo que mostraron los movimientos estudiantiles para cautivar y mantener el interés de la ciudadanía y los medios de comunicación. Desarrollaron una capacidad para innovar en las formas de producir movilizaciones que ya quisiera cualquier campaña política, mezclando registro que pueden ir desde un “thriller”, besatones masivos, una playa en el centro de Santiago; un viejo discurso de Salvador Allende o bien un artículo de la OECD sobre el estado de la educación en Chile.

¿Repolitizando el espacio público?

Pégalo en tu muro y difúndelo.

Si hace un tiempo los especialistas en democracia se lamentaban por la erosión de los sentidos colectivos, por la desafección política y la poca capacidad de los individuos para orientar acciones organizadas, hoy estamos presenciando un inédito sentido de responsabilidad social encabezado por múltiples expresiones y movimientos colectivos. El diagnóstico sobre el inevitable debilitamiento del espacio público como lugar de diálogo que algunos pronosticaban, producto de esa “sensación de modernidad” que llevaría a las personas refugiarse en sus preocupaciones privadas únicamente—, es el que están derribando estas generaciones de jóvenes equipados con tecnologías y dispuestos a “tomarse” las calles para reclamar las condiciones necesarias para una convivencia más solidaria y justa.

Pero estos movimientos no operan a través de partidos ni por medio de claustros de expertos, sino multiplicando las redes en Internet y subiendo información a través de miles de “pinchen este link” o “pégalo en tu muro”. Lo político ya no es monopolio exclusivo de grupos tradicionalmente partidistas o militantes, sino que se distribuye en espacios más heterogéneos, en los cuales la sociedad civil, en sus múltiples formas, deja de ser un mero espectador y se vuelve un actor (un ejemplo reciente de ello es la proliferación por Internet de “fotos-denuncia” del Mall del Castro.

Lo que es político ya no está definido a priori; entra en un campo de disputas ampliando los límites del espacio público acostumbrado, de manera que hoy conviven la “calle” y la “red”, y se hacen simultáneos el “muro” de Facebook, la “pancarta”, la “marcha” y los “cacerolazos”, con la cadena de e-mails y los videos en YouTube. Inéditos ensamblajes técnico-políticos están redefiniendo la gramática de la política y los “territorios” de lo público. Calle y red se complementan en búsqueda de un Chile más justo, y al parecer, aquella cultura dócil y complaciente de antaño empieza a quedar atrás frente a nuevas formas de hacer política.