Términos y condiciones

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Publicado en Revista Qué Pasa el 14 de Junio, 2013 En la película The Truman Show, un tipo vive rodeado de cámaras sin saberlo. Truman es el involuntario protagonista de un reality show que él mismo alimenta, pero que al final termina por develar. La semana pasada el Washington Post reveló la existencia del programa Prism, puesto en marcha por la Agencia de Seguridad Nacional de EE.UU. (NSA), cuyo objetivo es levantar y analizar la información online de millones de personas. Parte de esa información estaría siendo entregada por grandes compañías tecnológicas como Google, Facebook y Skype.

Probablemente a los millones de usuarios de Facebook, Twitter o Google no se les pasó por la cabeza que la información que entregan al crear sus cuentas y perfiles no queda bajo siete llaves. Tiempo después los hechos demostraron que esa información se vende, se intercambia, se analiza y clasifica. Cuando ignoramos la letra chica de los términos y condiciones de esos servicios quedamos más entusiasmados por las tareas que nos permiten llevar a cabo que por la vida propia que adquieren esos datos en distintos contextos. Por esto, que el programa Prism se haya divulgado públicamente confirma la idea que no sólo las empresas monitorean nuestros movimientos online, sino también los gobiernos.

En su libro The Daily You (2012), el académico Joseph Turow aborda las transformaciones que el monitoreo de información online está teniendo en la cultura del consumo. A su juicio, el mapeo del comportamiento digital de los consumidores puede perpetuar la desigualdad en distintos grupos. El conocimiento que se genera a través del análisis de una gran cantidad de datos permite a las empresas determinar a sus actuales o potenciales clientes. Así los clasifican como “segmentos” o “basura” en función de variables tan distintas como la última compra en Amazon, el barrio donde viven y los programas de televisión que ven y comentan por Twitter. Esa información opera como una especie de Dicom de nuestras preferencias, perpetuando la oferta de bienes y servicios de acuerdo a nuestra clasificación. Difícil hablar de movilidad social cuando estamos expuestos a las mismas ofertas publicitarias en función de patrones ya definidos que refuerzan nuestra posición social. Si bien los efectos de este proceso son todavía inciertos, tampoco podemos condenar los cambios positivos -y oportunidades- que la masificación de internet ha generado en términos de acceso a información, transparencia y comunicación.

La difusión pública del programa Prism traslada la discusión que plantea Turow desde la dimensión del consumo a la relación cotidiana entre gobiernos y ciudadanos. Que los gobiernos monitoreen toneladas de información que refleja la vida social de espacios digitales ya no es una gran novedad. Aunque el hecho que ese seguimiento sea de conocimiento público plantea a gobiernos y ciudadanos la necesidad de definir los límites a través de los cuales se vigilan y analizan los movimientos de las personas y el tipo de información que proveen; así como el uso que tanto las entidades privadas como públicas le dan a esa información. También es una oportunidad para que quienes defienden el papel de internet como una serie de tecnologías que fomentan el ejercicio de la libertad y la democracia, también lo promuevan en relación a nuestras prácticas como consumidores. Esta vez, todos somos Truman.