Comparto, luego existo

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*Artículo publicado en Tendencias de La Tercera el 17 de Enero de 2015. “¿Qué cosas comparten en internet? ¿Por qué lo hacen?”, le pregunté a un grupo de estudiantes universitarios en diciembre. Al principio nadie dijo nada: “¿Por qué ese silencio? ¿Es una pregunta muy grande? ¿Qué hacen en Facebook?, ¿Acaso no comparten fotos, información o archivos a través de internet?” insistí. Por el contrario, compartir contenidos en internet es para muchos alumnos una práctica tan común que lo hacen casi sin pensar en ello. El 94 por ciento de los jóvenes chilenos está registrado en Facebook, por ejemplo, sitio al que en 2013 le dedicaron más tiempo incluso que a la televisión.   

La serie de encuestas Jóvenes y Participación de la UDP ha explorado qué comparten los chilenos de entre 18 y 29 años. La versión 2014 muestra que un 52 por ciento dice que pone a disposición de otros links, fotos o memes en internet entre “una vez a la semana” y “todos los días”. Hombres y mujeres comparten con casi la misma regularidad contenidos online, pero los grupos socioeconómicos más altos lo hacen con más frecuencia que los medios-bajos, lo que significa que compartir también es una práctica desigual que refleja otras diferencias económicas, de conocimiento y de acceso. 

Al rato, José, un estudiante de la clase, se anima a contestar: “Uno siempre comparte porque espera algo de vuelta. Alguna respuesta, una conversación. Cuando subo un video o foto en Facebook, siempre espero alguna reacción”. Otro alumno explica que distribuye en la red libros online, los descarga y los pone a disposición de otros en foros o sitios como chilecomparte.cl, una especie de persa digital donde se puede subir música, libros, películas y series. Su motivación no es obtener beneficios sino que promover el intercambio de publicaciones buenas que no llegan a Chile o son muy caras. “La gracia es compartir un libro bueno y que sirva para distintos formatos (Kindle, tablet, Ipad)”, explica. Para él es una práctica de colaboración.

Compartir es una actividad vinculada a distintos espacios digitales y las motivaciones para escoger uno de ellos son variadas. No es lo mismo poner un PDF de un libro que una foto en Facebook. O tuitear una noticia de música que crear un sitio para difundirla. En una investigación que hice sobre tecnologías digitales y fans de música independiente en Santiago, conocí a Camilo Salas, creador del sitio web Disorder.cl, donde publica opiniones y artículos sobre música y literatura. Para él, las tecnologías digitales son una posibilidad para conectarse con otros y sentirse parte de una escena musical y cultural. Mientras, Nicolás Castro, creador del sitio NNM.cl sobre música electrónica, considera que estas le permiten obtener información de otros países y mostrársela a otros en Chile y a su vez compartir su música y gustos con gente de diversos lugares. 

A esta altura, Camilo y Nicolás han desarrollado una serie de habilidades para compartir sus preferencias y han acumulado un “capital digital” que se traduce en seguidores, likes y retweets, lo que incluso los ha vuelto atractivos para marcas y avisadores. 

Compartir en la era digital

Nicholas John, académico de la universidad Hebrea de Jerusalén, investigó los distintos usos de la palabra “compartir” en las redes sociales, desde MySpace, Fotolog, pasando por Orkut y Twitter. A su juicio, entre 2005 y 2007 el término aparece, muta y evoluciona, lo que se puede ver en las fórmulas que las plataformas usaban para promoverse. Al comienzo sitios como Flickr o YouTube aludían explícitamente a lo que se podía compartir -fotos y videos-, pero eso comienza a cambiar con la masificación de Facebook o Twitter. El foco pasa de estar en contenidos específicos a ser algo más difuso o abstracto: compartir no una foto, sino quién eres o qué te gusta. Hoy si no tienes qué compartir, no puedes participar de la Web 2.0. Sólo compartiendo existimos en los espacios online. Esa actividad está en el corazón de la existencia de internet y el objetivo de muchas de las plataformas actuales es justamente proveernos de espacios para mostrarles a otros estados de ánimos, lo que comemos, compramos, opinamos o nuestra intimidad. Así se configura una industria en torno a lo que compartimos que tiene a gente como Mark Zuckerberg -dueño de Facebook- a sus 30 años con la posibilidad de comprar parte del mundo si lo quisiera. 

A la par ha surgido la “economía del compartir” que funciona a través de las tecnologías digitales que facilitan la producción, intercambio y consumo de bienes, servicios e información. El objetivo es satisfacer una necesidad con la colaboración de otros. Por ejemplo, Wikipedia es resultado de la información que provee una suma de personas y su fin no es que sus creadores se hagan millonarios, sino tener una enciclopedia colaborativa. Otro ejemplo famoso es el sitio Air BnB, que conecta a gente que ofrece y busca lugares donde alojar en distintas partes del mundo.

Pero sobre todo, compartir nuestra intimidad, gustos, estados emocionales y nuestros conocimientos, es una forma de comunicación. A través de esta práctica podemos expandir y cultivar nuestras relaciones sociales. Nuestras habilidades para hacer conexiones con otros, para hacer “autobombo” de nuestras actividades y logros, para buscar aprobación; incluso convertirnos en góndolas de supermercado al promocionar productos y servicios, también son formas a través de lo que comunicamos lo que somos, lo que queremos ser y cómo queremos que nos vean. Y en ese proceso esperamos algo a cambio, una retribución, un “me gusta”, una señal de los otros.

Como sugiere el antropólogo Daniel Miller, compartir en la era digital refleja que somos nuestra propia red social, independientemente de la plataforma que usemos, lo que decidimos compartir a través de ellas, y de la industria que aparece como consecuencia de estas actividades. Habría que preguntarles a los que no comparten sus vidas online las razones para ello, pero eso da para otro artículo.